La disposición y el templo

La disposición y el templo
La disposición y el templo

La asistencia a los templos de Jesucristo es la culminación de las bendiciones que han sido restauradas en esta dispensación del evangelio. Sin embargo, el aprovechamiento de esas visitas puede ser mucho mayor si tan solo consideramos nuestra disposición y algunas de las características de cómo se imparte a través de las ordenanzas.
Comparto en este artículo algunas de mis reflexiones y prácticas en cuanto a nuestra disposición y estrategia de aprendizaje.

La disposición

En el Salmo 78:8 leemos “y no sean como sus padres, generación contumaz y rebelde, generación que no dispuso su corazón, ni cuyo espíritu fue fiel para con Dios.”  está hablando de una falta de “disposición” por parte de una generación hacia Jehová y su ley. Esta palabra como vamos a ver tiene mucho que ver con nuestra actividad en el templo.

   Disponer viene del latín disponere, se compone de la partícula dis (divergencia, separación) y ponere (poner por separado, poner en orden, en su lugar) sugiere este término un orden claro en la posición de los objetos o los deseos. En la R.A.E. encontramos una definición muy clara: “colocar algo, poner algo en orden y situación conveniente.”
La disposición y el templo
Disposición en la santa cena
 La disposición opera un gran efecto en nosotros. Cuando los domingos el sacerdocio prepara la santa cena, lo hace disponiendo de forma ordenada las bandejas y sus contenidos, los manteles y los oficiantes. Todos ello nos invita a disponer nuestra atención y pensamientos en la misma dirección que la ordenanza.
Esa posición conveniente de los elementos y personas facilita también el orden y la conveniencia en los pensamientos de quienes la toman.
Incluso el ambiente y la disposición ordenada de las sillas de una clase propone al alumno un cierto orden en su participación. La improvisación en estos dos ejemplos, no favorece una orientación correcta a quien participa.

La naturaleza de la instrucción en el templo

        La instrucción en la iglesia es de naturaleza tipográfica (imprenta) oral  y visual (multimedia), pero sobre todo (todavía) en papel. Eso favorece la introspección, el análisis y la frecuente consulta, una y otra vez de esos materiales. Podemos comprobarlo en la multitud de manuales de toda clase que disponemos para nuestro aprendizaje, ademas de las escrituras.
        A diferencia, el conocimiento que se dispensa en el templo, es de naturaleza oral, distinta a la recibida fuera.
Desde que nacimos hemos sido educados por la imprenta, la enseñanza estaba basada en el libro y el maestro. El éxito de la obra misional se basa en gran parte en el Libro de Mormón y nuestra habilidad en entender la lengua escrita. Pero cuando vamos al templo no hay manuales, ni libros. Son ordenanzas y conocimiento basado en la transmisión oral. Algo a lo que no estamos acostumbrados.
Después de mucho tiempo cambiando impresiones con los miembros de la iglesia, observo que la disposición para asistir al templo es la misma que la  usada para una clase dominical. La enseñanza a la que estamos acostumbrados, tiene un maestro o maestra, un manual, un curso con objetivos de enseñanza, materiales de consulta, podemos hacer preguntas etc.
Sin embargo la instrucción en el templo, esta circunscrita en la ordenanza, no hay materiales de consulta, no hay maestros, no podemos tomar notas ni alzar la mano para preguntar. Nos encontramos solos ante un dilema. Eso a veces nos hace “desconectar” y dejarnos conducir hasta el final sin realizar un esfuerzo de comprensión. Sobreviene el tedio y (hablemos claro) el sueño.
La disposición y el templo
la naturaleza simbólica de sus enseñanzas

La palabra escrita, es básicamente un soporte para la memoria, cuando no existe como es el caso, solo tenemos a ésta para guardar nuestras conclusiones. Este otro aspecto es una dificultad más para aquel que se propone tratar con este conocimiento.

Para nuestra complexión

El único lugar donde podemos compartir algunas de nuestros hallazgos es dentro del propio templo. Esto lo he hecho en ocasiones, pero no ha sido satisfactorio. He notado cómo mi entusiasmo por compartir algo, se ha diluido muy pronto. Hay una incapacidad en transmitir lo que he hallado en mi instrucción, porque no hay un soporte para sujetarlo o sobre el que hablar. Me he dado cuenta que es un conocimiento privado y personal. Que no hay respuestas válidas para todos. Que es un crecimiento interior imposible de compartir. De la misma forma que tampoco puedes hacerlo con tu estatura o con tu color de ojos.

La enseñanza del templo es la única que forma parte de nuestra complexión espiritual, no puedes enseñarla ni legarla a nadie. Se gesta en nuestro interior y se irá con nosotros. Eso a muchos les disuade de buscarla, porque no pueden exhibirla. En cambio esto favorece la confidencialidad con el espíritu, cualidad muy valorada en todos aquellos que buscan.
Hubo un momento en mi vida en que me planteé seriamente llevar un registro privado de mi aprendizaje. Pero te das cuenta que eso altera el sistema de enseñanza que se usa en su casa. Es algo así como alterar un “ecosistema” añades un nuevo insecto y ese inocente cambio se lo carga todo. Decidí por tanto sujetarme a la instrucción que está en su interior.

La disposición y el templo

        Hay una escritura que me parece muy adecuada para este apartado, se encuentra en DyC 84:20-21 “Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad. Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne;”
Las ordenanzas del templo van acompañadas de instrucción, por lo tanto también ésta es una muestra de su poder. Jehová no tiene necesidad de abrir un mar Rojo cada año para que su pueblo tenga memoria de él. Ante nosotros está su casa, debería ser suficiente.
Hay una persona que conoció muy bien su templo, leemos en Salmos 84:10 “porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos…”
El rey David con unos sentimientos profundos declara:
“Mas yo estoy como olivo verde en la casa de Dios;en la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre.” (Salmos 52:8) Esta afinidad con su casa es digna de destacar. ¿Cómo conseguirla?
Creo que es necesaria una especial disposición. Ya lo hacemos cuando nos vestimos con la ropa de domingo, solo para recorrer 15 o 20 metros hasta la puerta de entrada. Ese ritual muestra una buena dirección en nuestra actitud. Vestir como si fuese un día normal, sugiere a nuestra mente una actividad secular más que sagrada. Y esos detalles son importantes cuando queremos batir nuestras limitaciones.
Creo necesario fijar objetivos. No cegarnos con ellos, porque hay que dar lugar a lo inesperado. Pero si fijar nuestro interés en un aspecto concreto de las ordenanzas.
Me ayuda mucho el estar apostado y el acecho. Me explicaré.

la disposición y el templo
Estar apostado

 

 Estar apostado

En uno de sus significados es “Poner a una persona en un lugar para un determinado fin”. En el templo es estar a la espera de un determinado momento en la ordenanza para tratar de entender algo. Pero ese algo que nos llama la atención, ha sido fruto de la meditación en los días o meses anteriores. Ese algo ha ido transformándose en nuestro interior de una pregunta a una sospecha, a una idea. Establecemos vínculos con el resto de enseñanzas, conclusiones. Pero no salen de nuestros labios. Por eso tienen su fuerza intacta.

Esperamos al día propicio, hemos planeado ese viaje, esos días de estancia. Entonces estamos en el lugar adecuado para un fin concreto. Entender algo que hemos meditado largamente. A medida que se acerca el punto de nuestra meditación en la ordenanza, nuestra mente se aclara, nuestra atención se intensifica, nuestras facultades acuden en nuestra ayuda…y batimos nuestras limitaciones. Es la apostura (elegancia y compostura) del cazador.
Entonces recuerdo esta escritura “Escuchad estas palabras. He aquí, soy Jesucristo, el Salvador del mundo. Atesorad estas cosas en vuestro corazón, y reposen en vuestra mente las solemnidades de la eternidad.” DyC 43:34

 

Estar al acecho

Parece ser algo negativo. En la R.A.E. nos define acecho como “Observando y mirando a escondidas y con cuidado.” ¿a qué? a nosotros mismos. Vemos un ejemplo en Enós 1:3-4 “…las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos,penetraron mi corazón profundamente. Y mi alma tuvo hambre; y me arrodillé ante mi Hacedor, y clamé a él con potente oración ….”  

Reconozco en Enós estas dos estrategias. Estaba apostado cuando va al lugar adecuado, un bosque (José Smith hizo lo mismo) para meditar en las palabras de su padre, ese es el fin (recordemos estar en un lugar para un fin).

La disposición y el templo
Estar al acecho

Estaba al acecho porque estaba atento a las señales de su alma, “…penetraron mi corazón profundamente. Y mi alma tuvo hambre…” 
Estar al acecho cuando estamos en el templo, es escuchar los susurros, las impresiones que no hemos ido a buscar, hallazgos o dudas espontaneas. Son regalos inesperados, nuevas preguntas que atesoramos. No las tememos.

     Estas dos disposiciones del alma son muy prácticas para que la experiencia del templo sea cada vez más satisfactoria.

 Recapitular

Según el R.A.E. recapitular es “Recordar sumaria y ordenadamente lo que por escrito o de palabra se ha manifestado con extensión.” Para mí esta parte es de importancia vital, debemos ir acumulando en nuestra memoria cada hallazgo y componer un relato coherente de cada cosa. Tratar cada conclusión como una perla de gran precio. Con mucho agradecimiento y cuidado.

La disposición y el templo
Recapitular

Esta actividad no se hace en el templo, se practica fuera y en privado. Recordar recomponer, acumular. Esto es adoración. De la misma forma que en la santa cena recordarle siempre es adorarle.

El agradecimiento por cada migaja que pueda caer de su mesa, nos orienta en una disposición a recibir más. Y esto ocurre a su manera “entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.” (DyC 121:45) la promesa hecha “…y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos;…” se hace realidad en nuestro interior, en el anonimato de nuestra alma. Las palabras de Jesucristo “Y a ellos les revelaré todos los misterios, sí, todos los misterios ocultos de mi reino desde los días antiguos” DyC 76:7 llegan a nosotros con una fuerza profunda.

Nos hace desear pagar el precio de descender a lo profundo de sus ordenanzas en la soledad del que busca.

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