El albedrío, la moneda en la boca del pez

El albedrío
Antes de que naciera criatura alguna

Cuando la senda de la tierra era un camino vacío, él trazaba su curso en el espacio profundo. Antes que la cantera de su materia empezara a formarse, él Imaginaba sus dimensiones. Él ya brillaba, antes que los primeros rayos  del Sol escaparan de su atmósfera hirviente y atormentada. Él iluminaba los primeros abismos antes de que estos fuesen explorados, declarando el brillo, . Alumbraba antes de la primera mirada que hubo en la tierra para ver. Y aun los ojos de aquellos que le acompañaron en el primer día “comprendieron [su] luz, porque brillaba” 

Él ya era la vida y la luz de los mundos inhabitados. Sus huellas ya estaban en los parajes desolados donde la lluvia formaba los embriones de ríos caudalosos. Antes de que naciera criatura alguna, su espíritu caminaba por las agrestes soledades de nuestro mundo en gestación. Antes que cualquier nave o criatura surcara los mares su Espíritu obraba sobre la faz del agua”
Él manifestó la primera fe al llamar a la luz y convertir un lugar oscuro en un mundo azul. La primera esperanza que alzó su vista en este mundo para imaginarlo, fue la suya. La primera caridad, concebida, quizás al otear el lugar del Gólgota, cuando aun pugnaba por salir de la lava incandescente, fue la suya.

Cuando no existían los hombres sobre la tierra él ya conocía a sus criaturas, las contaba porque eran suyas. Entonces la música no estaba sobre la tierra, ni voces que la acompañaran. Pero los pajarillos cantaban con la voz que él les dio, sí, el elefante barritaba, el búho ululaba y se escuchaba el relincho del caballo, veloz por el campo. Ni uno de ellos caía a tierra sin que le lo supiera. Todos le conocían como el Dios de este mundo.

El gran Yo Soy

El albedrío
El gran Yo soy, el hijo del carpintero

Él es la luz que procede de la presencia de Dios y llena la inmensidad del espacio. Y aún así nos ilumina a nosotros, en un rincón perdido de la vasta expansión, si es que queremos ver. Es tal su condescendencia que no solo es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo;” sino que  [nos alumbra en nuestros asuntos, iluminando nuestros ojos, y vivificando nuestro entendimiento,]

El gran Yo soy, el hijo del carpintero, “El mismo que contempló la vasta expansión de la eternidad” nació en un pesebre y aquel al que honraban todas las huestes seráficas del cielo antes que el mundo fuese” llamó a pescadores para hacer su obra. “El mismo que [habló], y el mundo fue hecho”  no respondió ni una palabra a falsos testimonios en su contra. Y sin embargo la tierra y todo cuanto hay sobre ella…sí, y también todos los planetas…testifican de él.

Aquel que añoraba la gloria que [tuvo con su Padre] antes que el mundo fuese, fue desposeído de sus ropas y coronado de espinas con una caña como cetro. Por eso “ascendió a lo alto, como también descendió debajo de todo, por lo que comprendió todas las cosas” aun aquellas por las que tembló a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu

Siendo él, Dios, el mayor de todos,  nos invita a aprender de él, que es manso y humilde de corazón. Por eso es el alfa y la omega de todo dolor y padecimiento. Nadie puede enseñarle ninguna pena que no conozca ni exigirle justicia que él no haya cumplido.

Da vida a todas las cosas

El albedrío
y a las aves de nidos

Siendo el Hijo de Dios, lo conocían como el hijo del carpintero. El gran Jehová, el creador de la tierra, proveyó a las zorras de guaridas y a las aves de nidos  pero el Hijo del Hombre no tenía donde recostar la cabezaSolo en su muerte tuvo un sepulcro nuevo, que había sido labrado en la peña”

Jesucristo, quien caminaba por “pavimentos de oro puro del color del ámbar”, nació en un establo y  vivió en un hogar de Galilea. Amenazada su vida desde su nacimiento, no obstante él es la luz que existe en todas las cosas, que da vida a todas las cosas. Y siendo su luz la ley por la que se gobiernan todas las cosas, fue juzgado y sentenciado en oscuridad por aquellos a quienes alumbró desde su infancia.

Así nosotros, encendiendo nuestras chispas, le pedimos explicaciones a la luz que llena el Universo. Prefiriendo el fuego de una astilla para alumbrarnos en la oscuridad y las centellas de los hombres a la luz penetrante que da vida a todas las cosasSentados en nuestra cátedra, le señalamos las contradicciones de su obra y sin embargo Él, calculó la Tierra, para que  haya suficiente y de sobra para todos.

Nosotros, le reprochamos por qué permite la injusticias y nuestras pruebas. A él, al mayor de todos, quien tembló a causa del dolor y sangró por cada poro y padeció tanto en el cuerpo como en el espíritu  todas nuestras pruebas y cada injusticia que le reclamamos. Aun así, el Padre, de tal manera amó al mundo que permitió en Getsemaní que la prensa de la expiación sacara su sangre por cada poro de su cuerpo. Por eso, si alguna palabra podemos decir es perdón, y sólo de rodillas podemos estar en su presencia.

 

El don recibido

El albedrío
a los pies de Jesús

En el grande y espacioso edificio, no todos están invitados. La mayoría va a tientas buscando la gloria de Salomón. Hay que vestir y ser como manda la etiqueta. Sin embargo ni aún ellos se pueden vestir  como los lirios del campo que él hizo.
Frente a ese lugar hay un árbol, es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres. Es nuestro Salvador. Pero pensamos ¡Oh este Dios agricultor, siempre cavando y podando en mi alma! Entonces añoramos ser silvestres.

Con torpeza consideramos sus mandamientos como prohibiciones. Los más ofendidos se sienten coartados y otros, exaltados, le demandan libertad. Sin embargo fue él quien defendió nuestro albedrío en los cielos y por esa causa entregó su vida. ¿Cuántos nos volvemos a dar las gracias por eso? Esa facultad del albedrío, recibida sin precio, tuvo el mayor costo para él. Descargados del yugo de hierro en un mundo caído, y de la lepra de la muerte, nos olvidamos como aquellos diez, de los que solo uno, samaritano, se postró sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias

La única moneda

El albedrío
Avaros con nuestro albedrío

 El señor Ebenezer Scrooge, el viejo avaro de un “Cuento de Navidad” de Charles Dickens, contaba y guardaba sus monedas cada noche en un cofre. Era toda su riqueza. Observándola día tras día entre sus dedos, aferraba su alma al metal. El brillo de esas monedas era la única luz en su vida.

Pero en realidad la única moneda que tenemos, tanto Scrooge como nosotros, es el albedrío. Una moneda que se nos dio después de una contienda formidable. Se nos dio para entregarla de vuelta al Padre, en cuyas manos están todas las cosas. Y aquel que ganó la libre voluntad para todos, se sometió a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio. Por eso, en pago por nuestra libertad, se le pidió andar una milla, pero el andó dos, se le pidió beber de una amarga copa y apuró hasta las heces. Se aseguró, más allá de lo requerido, hasta exclamar “¡Consumado es!”

Avaros con nuestro albedrío, lo guardamos y retenemos en nuestras manos, en la gran causa de nuestro reino personal. Y olvidamos a aquel que dio su vida para que nuestra avaricia no nos perdiera. Olvidamos que el Padre perdió 1/3 de sus hijos por ese don. Ahora, miramos desconfiados a aquel que nos invita a ofrecerla como él mismo la ofreció al Padre.

El albedrío

El albedrío
hallaras un estatero

¿Qué podemos conseguir usando esa moneda en la causa de alguien que no recuerda quién es, que no sabe por qué está aquí y que duda a dónde irá? Esa es la condición del hombre que no entrega su albedrío para adquirir sin precio la salvación que  Cristo ofrece. Esa es la situación de Scrooge antes de comprender el significado de la Navidad.
Podemos confiar nuestra moneda a aquel que envió a Pedro al mar y echar el anzuelo, y al primer pez que salga, abrirle la boca y hallar un estatero. Pedro, al confiar en su palabra, se libra de los recaudadores.

Confiamos nuestra salud a los médicos, nuestros hijos a maestros y nuestro dinero a los bancos. Pero se nos dificulta entregar nuestra moneda hallada en la boca de un pez en manos de quien creo este Universo y a nosotros mismos. Nos cuesta creer que el conoce mejor que nosotros las condiciones del terreno. Para que caiga en buena tierra y dar fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno.

Como un ejemplo de perseverancia en Cristo y su don del albedrío, leemos para finalizar un extracto de una carta de Thomas Moro a su hija Margarita. Quien intentó hasta el final persuadir a su padre para que sometiera su conciencia a los intereses dinásticos de Enrique VIII. Thomas Moro fue ejecutado por decapitación en la torre de Londres el 6 de Julio de 1535

Carta de Thomas Moro

El albedrío
me pongo totalmente en manos de Dios

… No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

2 Comments

  1. Este artículo, es más que un artículo. Son palabras de Luz y Verdad que me acercan al Salvador de una manera íntima y reverente. Todo mi gratitud al autor de estas palabras, y eternamente agradecido al Autor de Salvación.

Deja un comentario