La claridad del evangelio de salvación

La claridad del evangelio

Hay una palabra que Nefi usa con frecuencia en sus registros, la palabra claridad

“…profetizaré según la claridad que en mí ha habido desde la ocasión en que salí de Jerusalén con mi padre; porque, he aquí, mi alma se deleita en la claridad para con mi pueblo, a fin de que aprenda.” (2 Nefi 25:4)

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los judíos fueron un pueblo de dura cerviz

La insistencia de Nefi en esta idea, llega al punto de ser asimilada por Jacob, su hermano. Jacob, al nacer en el desierto, no fue un testigo directo del pueblo judío y su proceder. Por lo tanto sus conclusiones se basan sobre todo en el testimonio de su hermano y la revelación.

“he aquí, los judíos fueron un pueblo de dura cerviz; y despreciaron las palabras de claridad, y mataron a los profetas, y procuraron cosas que no podían entender. Por tanto, a causa de su ceguedad, la cual vino por traspasar lo señalado, es menester que caigan; porque Dios les ha quitado su claridad y les ha entregado muchas cosas que no pueden entender” (Jacob 4:14)

Por lo tanto el Libro de Mormón, es de una naturaleza especial. Es realizado por la inspiración de un pueblo casi en blanco, cuyo primer profeta, Nefi, renuncia expresamente a la forma judía de escribir. “Pues he aquí, Isaías habló muchas cosas que a muchos de los de mi pueblo les fue difícil comprender, porque no saben concerniente a la manera de profetizar entre los judíos.” (2 Nefi 25:1)

El resultado de esto es una sencillez y claridad que puede despistar a aquellos que buscan hallar la verdad en las “muchas cosas que no pueden entender, porque así lo desearon” (Jacob 4:14)
Con frecuencia escucho hablar de esa sencillez en el Libro de Mormón, como un demérito. Acostumbrados a que todo lo novedoso es de una tecnología cada vez mas incomprensible. Observamos la sencillez y claridad del evangelio como la simplicidad de las herramientas primitivas.

Una parábola

A fin de reflexionar en esto propongo llevarles a alta mar.

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El cielo está cubierto de espesas nubes

Imaginen un viajero que naufraga en alta mar. Está en un lujoso yate inmóvil y a la deriva. No tiene electricidad pero no carece de lo necesario por un tiempo. Él no se considera, todavía un náufrago. Su situación no es aún desesperada, pero sabe que con el paso del tiempo se enfrentará a una situación desesperada. El cielo está cubierto de espesas nubes que casi no dejan ver las estrellas.

¿Acaso esa situación no es la nuestra estimado lector? Vivimos ciertamente en un pequeño presente donde nos aseguramos lo inmediato. Hacemos planes de futuro, pero sabemos que el océano que nos rodea puede hundirlos en cualquier momento. La incertidumbre de nuestro futuro nos hace vulnerables. Añoramos un puerto seguro, pero no lo vemos.

Un día repentinamente el naufrago, ve bajar de entre esas nubes una cuerda.

Se levanta y se acerca. Es una cuerda vulgar, pero sólida, trenzada con cuatro haces. Nuestro amigo la observa y considera que es una oferta de rescate. Sin embargo es una cuerda sencilla, anticuada. Es una cuerda vulgar. Él está rodeado de cosas valiosas y avanzadas, aunque la mayoría de ellas no las puede entender.

Entonces se retira. No acepta que algo tan simple, que puede entender, logre mejorar su situación. Nunca ha tratado con cosas tan fáciles de clasificar en su vida, y tan simples; por lo tanto la rechaza. Es posible que en un tiempo pueda asirse a ella con fuerza, pero ahora no es la situación propicia.
Está seguro que ese barco a la deriva, en algún momento, le salvará de su desesperación. Sin embargo por más que quiere creerlo nota en su interior el peso de una existencia sin esperanza.

El naufragio cierto

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juzga ese rescate por la apariencia de la cuerda

Como náufragos destinados a una muerte segura, quizás nos parezca la salvación de Cristo de un trenzado demasiado simple. Cuatro principios, la fe, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo como cuatro haces de una cuerda. Es la misma simplicidad del árbol de la vida que vemos en el sueño de Lehi frente al grande y espacioso edificio.

Nuestro náufrago juzga ese rescate por la apariencia de la cuerda, pero ésta solo ofrece una posibilidad de salvarse.

La vida en alta mar es dura y difícil. Todos nosotros sufrimos. El plan de salvación nos provee de un entorno hostil para vivir. No crean todo aquello que ven o les dicen. Realmente vivir en este mundo es difícil y desafiante, ¿acaso no lo notan?
Todos sentimos el ansia de un horizonte incierto, que nos rodea por todos lados. La salud que un día nos abandonará. Nuestras finanzas, perturbadas por frentes borrascosos. El ansia de vivir y la certeza de morir. Ambas anidando a izquierda y derecha en nuestro pecho.
Por eso a nuestra situación se le llama estado caído y no de salvación.

Lo oculto en las nubes

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Si él fuese consciente de todo lo que hay después

Sin embargo, si el pudiera ver la complejidad mecánica del helicóptero oculto en las nubes. Del equipo de salvamento que lo pilota. Si supiera de los años de estudio y entrenamiento que tuvieron hasta llegar a donde él está. Si viese todo el conglomerado de tecnología, soporte técnico, financiación, la administración necesaria, su organigrama.. Si viese qué clase de sociedad destina recursos y pone en riesgo vidas para llevar una simple cuerda al centro del océano, para rescatar a un desconocido. Y que asume que ese desconocido puede simplemente despreciar todo ese esfuerzo. Si él fuese consciente de todo lo que hay después de esa cuerda, entonces no juzgaría esa cuerda de forma tan superficial.

Vería en su trenzado la intención de todo un mundo en salvar su vida.

Entonces ya no se preguntaría ¿por qué Dios permite tanto dolor en mi vida? sino más bien ¿Cómo pueden amarme y arriesgarse por mí salvación con tanto sacrificio? ¿Cómo pueden permitir esos padres y esposas que sus hijos y maridos puedan morir por mi salvación?

La claridad del evangelio

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Pero esta cuerda está ahí

Con frecuencia la claridad del Libro de Mormón, algunos la confunden con simplicidad…si cualquiera puede entenderlo, no debe ser muy útil. Pero esta cuerda está ahí, frente a nosotros y nos dice:

“He aquí, os hablo como si hablara de entre los muertos; porque sé que tendréis mis palabras. No me condenéis por mi imperfección, ni a mi padre por causa de su imperfección, ni a los que han escrito antes de él; más bien, dad gracias a Dios que os ha manifestado nuestras imperfecciones, para que aprendáis a ser más sabios de lo que nosotros lo hemos sido.” (Mormón 9:30-31)

Ante este libro intencionadamente claro desde que Nefi empezó a trenzarlo, nos encontramos todos. Pero aún más, los santos de los últimos días. Nosotros deberíamos considerar el milagro que representa descubrirlo en medio del océano. Tratarlo livianamente es hacer oídos sordos a todos aquellos que a través de generaciones lucharon y murieron para traerlo hasta aquí.

“He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado, y conozco vuestras obras.” (Mormón 8:35)

Al tenerlo en nuestras manos hemos de considerar que es el último cabo de salvación cuyo origen parte de un reino que está en los cielos. El poder de ese reino y sus habitantes llega hasta cada habitante de este mundo, mediante la salvación de Cristo y su nuevo testigo, El Libro de Mormón.

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