La ciudadanía de Sión y su efecto presente

La ciudadanía de Sión es una condición fruto de la conversión al evangelio. Es la manifestación de la vertiente civil de nuestra membresía en una sociedad abierta. Este es un asunto que me ha hecho pensar con intensidad y frecuencia. Lo considero de interés y deleitable.
En la sección 134 encontramos las claves de esta condición de ciudadanos.

“Creemos que Dios instituyó los gobiernos para el beneficio del hombre, y que él hace a los hombres responsables de sus hechos con relación a dichos gobiernos, tanto en la formulación de leyes como en la administración de estas, para el bien y la protección de la sociedad.” (1)

El verbo instituir viene del latín instituere, que significa establecer, fundar. En este versículo se resumen en una todas las naturalezas del gobierno. En nuestro caso vamos a definirlas para entender mejor la condición de ciudadanos de Sión y su manifestación en el mundo.

El poder constituyente.

la ciudadanía de Sion
la ley tiene su origen en el pueblo

Esta acción es el origen, la voluntad de crear un gobierno y la forma en que éste va a ejercer su poder. En democracia el poder constituyente está en el pueblo. La constitución, es la primera norma jurídica, que emana del poder constituyente. Por lo tanto la ley tiene su origen en el pueblo, que se da a sí mismo esta norma para su gobernanza.
En el caso de España, el poder constituyente es la voluntad de muchos, que en un momento dado, perdura en el tiempo al constituirse su gobierno en la forma de Monarquía parlamentaria.

A diferencia, el gobierno de la iglesia, es el reflejo de los cielos. El poder constituyente no está en su membresía sino en Dios el Padre, y por delegación en “la asamblea general e iglesia del Primogénito” (DyC 107:19) Vemos una muestra de la acción de gobierno de esa asamblea al administrar quiénes “…no podrán pasar más allá de ellos” (DyC 132:18)

En el Libro de Mormón, vemos cómo el pueblo de Nefi, en asamblea constituyente, se dio a sí  mismo esa libertad.

“Por tanto, escoged jueces, por medio de la voz de este pueblo, para que seáis juzgados de acuerdo con las leyes que nuestros padres os han dado…” (Mosíah 29:25)

Ellos, al igual que en España en Diciembre de 1978, tuvieron su propia transición hacia un gobierno mejor en el año 92 A.C. Sin cambiar su identidad como nación. Desde el primer rey Benjamín, su hijo Benjamín II y finalmente Mosíah. Esa dinastía fue capaz de extinguirse a sí misma y en ese proceso preparar al pueblo para ser liderado por la ley y no por un soberano.

Las leyes

La ciudadanía de Sion
se conserven invioladas las leyes

No podré en este artículo enfatizar suficiente la importancia de la ley para la ciudadanía. Tampoco es de gran necesidad hacerlo porque a poco que se reflexione cada cual `puede darse cuenta.
Esta declaración de creencia sobre los gobiernos, adoptada por voto unánime en Kirtland, Ohio, el 17 de agosto de 1835, y que resulta en la sección 134, nos puede orientar hoy cuando los principios básicos son cimbreados.

Creemos que ningún gobierno puede existir en paz, a menos que se formulen y se conserven invioladas las leyes que garanticen a cada individuo el libre ejercicio de la conciencia, el derecho de tener y administrar propiedades y la protección de la vida.” (2)

Conservar invioladas, las leyes que garanticen la libertad y armonice los intereses de cada cual, nos sugiere que no admiten la violencia para su fin o su modificación. No ha sido hasta en fecha reciente que la violencia hacia la ley ha dejado de usar la espada y ha tomado como arma la mentira y la demagogia. Incluso los sentimientos pueden usarse como extorsión para un fin mezquino.

Los lentos mecanismos para la reforma de las leyes, son una salvaguarda para protegerlas de las emociones que exigen cambios ardorosos, tal como ellas son. La naturaleza de las leyes es más densa que la fluidez de un mundo líquido. La lentitud de la justicia, aún siendo criticada en lo cotidiano, nos asegura un tránsito cuidadoso en las grandes cuestiones.
Y esto que digo no lo pienso sino que lo escribo. A menudo en Teancum me encuentro expresando ideas extrañas a mi opinión. Pero la lógica de la escritura es distinta a la de hablar. Hablar y escribir tienen circuitos diferentes. Por eso la justicia y lo ejecutivo a menudo divergen en sus tiempos y sentencias.

Las leyes en la iglesia

Con frecuencia, los santos de los últimos días, nos vemos urgidos por la conmoción de nuestro tiempo a tener una posición en cada asunto. Y asuntos hay muchos. Circulan con mayor velocidad que nuestra capacidad de entenderlos cabalmente. Sus tiempos son cortos y rebasan nuestra capacidad de atención. Al perder capacidad de juicio lo trasladamos a la justicia. La ciudadanía de SionEn este caso exigimos a la iglesia, apurados en nuestro dolor privado, que adopte una postura pública inmediata.
Pero la iglesia no es un sistema de emociones.

Desde que me bauticé hasta el presente ha habido muchos cambios. Allí donde habitaba el diablo en 1975, ahora extendemos una mano de hermandad. Donde moraba la acusación y el rechazo ahora está el amor y la comprensión. Pero también es verdad que han pasado 43 años. Y si no lo creen, aquellos mayores de 50 años que hagan memoria.

La restauración, como el Pte. Nelson sugiere, sigue desplegándose. Y donde creímos ver aristas, no era sino la expansión de sus condescendencia. Por eso no podemos exigir que sus leyes se rijan por nuestro tiempo.
En la creación “…fueron sus decisiones al tiempo que acordaron entre sí formar los cielos y la tierra.” (Abraham 5:3) Viendo el buen resultado obtenido, no estaría de más entender los tiempos y modos de su justicia, independientemente de nuestras emociones y dolores.

Por eso en la separación de poderes de una democracia, se infiere la debida separación de nuestras emociones y los juicios de las cosas. Si buscamos un filtro para detectar la demagogia, ahí tienen uno.

La rebelión.

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Pero optó por la violencia.

En la guerra de los cielos observamos cómo mediante la violencia, se intentó derrocar un gobierno que se sustentaba en la fuente de su soberanía, el Padre Celestial. Ese movimiento contrario a los planes de gobierno, ya existía antes de la rebelión. Se conocían sus posiciones y propuestas. No se tomó, que sepamos, ninguna medida. Ni siquiera después del concilio cuando claramente se manifestó sus discrepancia a nivel institucional. Solo se aplicó el castigo del destierro cuando se rebelaron, esto es cuando se volvieron contra la autoridad legal con violencia. Con la intención de destruir el orden de gobierno instituido. Orden desde el que ellos mismos se manifestaban con tan grande libertad. Por lo que el delito de Lucifer y sus seguidores no fue el de opinión, este no existía. Sino delito de rebelión.

En el caso de que Lucifer hubiese optado por el debate, no habría existido rebelión. No habría caído de su posición. Pero optó por la violencia.

Ser ciudadano de Sión, incluye tener la misma lealtad a la ley que tuvimos allí, aquí. Porque el impulso constituyente procede del mundo preexistente. Y su primera manifestación es la promulgación de la ley. Los santos, como ciudadanos también de nuestro país, hemos de demostrar la misma templanza que tuvimos en la preexistencia. Soportar la erosión permanente hacia la ley y demás poderes que siempre existirá. Esos espíritus libres, que ahora proclaman la rebelión contra toda autoridad y su injusticia, provienen de los mismos parajes que aquellos ladrones de Gadianton.
Estos exigían a los nefitas “…someteos y uníos a nosotros, y familiarizaos con nuestras obras secretas…” (3 Nefi 3:7) o de lo contrario los ladrones “si descendieran sobre vosotros, os visitarían con una completa destrucción.” (4)

El discernimiento.

Situándonos en nuestro tiempo y desde una democracia avanzada, como es España, podemos discernir las amenazas hacia los gobiernos y estados fácilmente.
El primer tropiezo es pensar en la bondad intrínseca de todo aquel grupo o persona que aspira al poder. El deseo de poder es una grieta en el firewall de cada persona. Es una rendija para la integridad personal. Corrompe aceleradamente a quien lo detenta. A menos que. A menos que se someta al imperio de la ley. Una disciplina que endereza cualquier desviación del carácter.

“¿Acaso se complace Jehová tanto en los holocaustos y en los sacrificios como en la obediencia a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1 Samuel 15:22)

Poner en duda al poder constituyente de un estado garantista, como es España u otro semejante, tiene como consecuencia la desafección a las leyes. Se consideran a estas fallidas. A tales, la impaciencia los urge a a forzar el normal sentido de la acción de gobierno. A despreciar los contrapesos del poder. Desprestigiando a la justicia y sus magistrados. Y si consiguen el poder, acaparan todos los demás en un solo cetro.

Discernir la batalla actual y su naturaleza, al reducirlas a un denominador común, resulta en el mismo casus belli que la guerra de los cielos. La lucha por el albedrío y su campo de acción, la libertad. El albedrío es la mayor fuente de energía, mayor que el átomo.

Una delgada línea.

“Creemos que todos los hombres están obligados a sostener y apoyar a los gobiernos respectivos de los países donde residan, en tanto que las leyes de dichos gobiernos los protejan en sus derechos inherentes e inalienables; que no convienen la sedición ni la rebelión a ningún ciudadano así protegido…” (DyC 134:5)

La ciudadanía de Sion
son logros en la historia

Situarme en un país totalitario, donde no haya protección de los derechos ciudadanos no es mi objetivo. Es más, me siento incapaz de juzgar esa situación terrible. De proponer una actitud sin conocer el precio a pagar.

Pero para aquellos que vivimos en democracias, en todas sus variedades. Hay un segundo tropiezo que a menudo pasa inadvertido.
Nuestros derechos como ciudadanos son logros en la historia. No son naturales. Ni son consustanciales. Están en un perpetuo equilibrio entre su desaparición y su permanencia. Pero muchos creen, sin pensar, que tienen existencia natural. Tal como las piedras y las montañas, que ya estaban ahí cuando nacimos.
El único derecho con categoría mineral en nuestro interior y del que nadie nos puede despojar, es nuestro libre albedrío. Todos los demás pueden desaparecer en menos de 24 horas.

Plantear su disfrute como un recurso natural, desconectado de la economía, de la geografía, del clima, de la naturaleza del mundo en suma, es un engaño. Sin embargo muchos “sienten” que el bienestar es algo que les es debido. Pero Benjamín, ese gran sabio, nos aclara

Benjamín

“¿Podéis decir algo de vosotros mismos? Os respondo: No. No podéis decir que sois aun como el polvo de la tierra; sin embargo, fuisteis creados del polvo de la tierra; mas he aquí, este pertenece a quien os creó.” (Mosíah 2:25)

El apreciar la fragilidad que tienen los estados de derecho, es importante para su permanencia en el tiempo. Los santos sabemos que la familia es instituida por Dios, pero también lo son los gobiernos. No tal o cual gobierno, sino el impulso de constituirlos para nuestro bien y protección. Los santos por triste experiencia en el pasado, conocen la diferencia entre la lealtad a la nación y la necesidad de su gobierno y quién ocupa el timón.

La ciudadanía de Sión.

la ciudadanía de Sion
que busquéis diligentemente en la luz de Cristo

Los santos de los últimos días tenemos un bagaje en nuestra historia, que nos ayuda a entender la naturaleza de la nación, el estado y su gobierno. El poder constituyente, los poderes del estado, su separación. Apreciar el delicado equilibrio que debe reinar en su ejercicio por todos los actores. Nosotros no somos solo una confesión religiosa. En nuestra constitución está el impulso de la civilización y de su poder constituyente. La influencia del evangelio se extiende en el alma de su membresía. Pero los fundamentos de nuestra fe, la cohesión que produce sobre todos sus miembros es la suficiente para fundar una nación. ¿Por qué digo esto? porque ya lo hicimos en el pasado.

Los ciudadanos de Sión, debemos ejercitarnos en el uso del discernimiento para entender nuestro entorno.

“Por tanto, os suplico, hermanos, que busquéis diligentemente en la luz de Cristo, para que podáis discernir el bien del mal” (Moroni 7:19)

Los beneficios extraordinarios de vivir en una democracia, no son naturales. Es una herencia de nuestros antepasados. Una hazaña en nuestra historia increíble. Entender su fragilidad, nos obliga a cuidar nuestros juicios y expresiones. Buscar la luz de Cristo para discernir sus peligros. Su gobierno es un asunto sumamente serio y requiere de los santos reflexión y no demagogia. Escudriñar y meditar y no algarabía ni fervor partidario.

“… no creemos que las leyes humanas tengan el derecho de intervenir, prescribiendo reglas de adoración para sujetar la conciencia de los hombres, ni de dictar fórmulas para la devoción pública o privada” (4)

Esto, que nos parece tan natural. Y que pensamos que se sostiene por sí mismo,  como las piedras en la tierra. Ésto ha costado la sangre de muchos.
En el lenguaje que nos rodea, en las aspiraciones de algunos, puede estar larvada su destrucción.

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