La perfecta elevación, la Navegación del Alma II

La perfecta elevación

Por  Rafael Padilla

La perfecta elevación nos explica el mecanismo por el que el alma se eleva para poder crecer en más visión del mundo. Las escrituras son reveladoras en esto.

En el primer artículo de esta serie, dada la comparación que pretendía quedara manifiesta, no traté, como es habitual en esta Web, acerca de escrituras, pues mi deseo era que el lector pudiera establecer el símil de la navegación de un navío y el gobierno de la propia vida; en este artículo, La perfecta elevación, trataré asimismo de dejar las referencias de las escrituras más apropiadas –pues es absolutamente necesario– sin perder de vista los temas con los que las trato de enlazar. Sin embargo, tengo la esperanza de que el artículo anterior cobre su efecto y validez gracias a éste, que sí llevará sus escrituras.

En El Libro de Mormón, en el Libro de Nefi, capítulo 2, se habla de una inmanente necesidad de la existencia en nuestro mundo físico y esta es la dualidad, más concretamente basada en los pares de opuestos, para la percepción y la apreciación de la existencia por medio de analogías. Así, pues, en el versículo 11 de 2 Nefi 2, leemos:

«…porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo, mi primer hijo nacido en el desierto, no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal…»

A esto, más allá del sentido propio de las escrituras, yo añadiría: ni tampoco apreciar el calor y el frío, o la luz y la oscuridad… ni siquiera discernir entre lo bueno y lo malo, pero tal vez por razones diferentes a las que podríamos estar pensando.

El espacio expansivo

La perfecta elevación
el espacio se expande

Recuerdo que, al estudiar Cosmología, ya desde el inicio y al tratar acerca de la expansión del universo, se nos explicó que el universo se expande, pero por razones diferentes a las de que los objetos masivos se separen entre sí en el espacio. No; la razón diferente y adicional es que el espacio que contiene al universo se expande, se hace más grande y, por lo tanto, las cosas ubicadas dentro de ese espacio quedan más alejadas entre sí. Aquí sucede algo parecido; las cosas y conceptos duales, como cerca y lejos, o alto y bajo no existirían, no porque estuvieran prohibidas, sino porque la realidad de la Ley ontológica de la propia existencia del universo que así fuera imposibilitaría tal orden de cosas. Y esto es muy, muy importante, por razones que veremos en seguida.

Lehi y la dualidad

Fijémonos que Lehi, en este versículo 11, dice: “…no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad…” o, en otras palabras, no podrían efectuarse, no podrían llegar a ser, y así creo, con todos los pares de opuestos.

Pero el concepto de dualidad es conceptualmente bidimensional por lo complementario de sus elementos. Esto es, podemos imaginar a la asociación de los pares de opuestos, no usando una línea, ni un punto, pero sí con dos dimensiones a la hora de representarlos. Y esta bidimensionalidad funciona en niveles diferentes y en propósitos múltiples.

Pero veamos un ejemplo: en la Fig. 1 vemos un gráfico bidimensional, de barras, que bien podría representar al par de opuestos bondad-maldad.

La perfecta elevación

En el eje de las abscisas, esto es en el de las X, vemos valores que se espacian regularmente en el tiempo. Esto es, van adoptando el valor 1… 2… 3… 4… 5… etcétera.

En el eje de las Y, de las ordenadas, vemos entradas que adoptan valores no correlativos o uniformes: 3… 7. 13… 23…, e incluso valores negativos, como -1… -12… -17…

Fig. 1: Representación del grado de bondad-maldad en un comportamiento dado a través de un periodo de varios días (X= número de días, Y= grado de bondad-maldad)
Al hablar de “bondad-maldad”, no tenemos por qué referirnos al comportamiento moral de nadie o a la calificación de los actos de una persona; aquí hablamos de arquetipos de pares de opuestos y bien podríamos estar hablando del comportamiento de un motor, del sabor de una comida en días diferentes o incluso del grado de confort de una habitación de acuerdo con la temperatura que tenga.

Debe existir una ley

si no hay rectitud, no hay felicidad

Pero aquí vemos algo más y es que hace falta una referencia, un valor inicial a partir del cual definimos que los valores positivos son de una clase y los negativos en el gráfico son otra. No hay más clases de valores, sino estos dos opuestos que se califican por su valor positivo o negativo en el gráfico.

Pero hay algo fundamental:
2 Nefi 2;10

«…todos los hombres vienen a Dios; de modo que comparecen ante su presencia para que él los juzgue de acuerdo con la verdad y santidad que hay en él. Por tanto, los fines de la ley que el Santo ha dado, para la imposición del castigo que se ha fijado, el cual castigo que se ha fijado se halla en oposición a la felicidad que se ha fijado… «

2 Nefi 2:13

«Y si decís que no hay ley, decís también que no hay pecado. Si decís que no hay pecado, decís también que no hay rectitud. Y si no hay rectitud, no hay felicidad… «

Es preciso

En estos dos magníficos versículos de 2 Nefi 2, se nos dice algo esencial: Para que haya pares de opuestos, como en el ejemplo bondad-maldad, es preciso que exista una ley. Esto es, lo que nos diga: “a partir de este punto y hacia allá, esto será conocido como ‘bondad’; y desde este mismo punto hacia acá va a ser conocido como ‘maldad’.

(1) No puedo evitar el insertar una jocosa y cínica definición que escuché en alguna ocasión sobre valores absolutos: “El Mal no puede triunfar nunca; porque cuando el Mal triunfa se le llama Bien”. A pesar de toda la caustica carga de esta frase, esto es más cierto de lo que puede parecer, al irse convirtiendo en la base moral de cada vez más y más personas.

Es en efecto la existencia de la ley, y el fin de la ley es –o debería ser– otorgar a cada uno lo que merece de acuerdo con sus obras, siendo lo que determina el funcionamiento de los pares de opuestos. Y funcionamos en pares de opuestos a pesar de que muchos de los valores que usamos son unarios, únicos mas que duales: No existen el calor y el frío, sino solamente el calor; no existen la luz y la oscuridad, sino solamente la luz… y así con muchos otros conceptos, los cuales nosotros relativizamos, haciéndolos pares de opuestos.

(2)Así, llamamos frío, realmente, a la ausencia de una cantidad de calor que nosotros percibiremos agradablemente, o quizás no; pero no entra el frío a través de una rendija, sino que se pierde cantidad de calor a través de ella. Con respecto a la Luz y la Oscuridad, solamente deberemos recordar que oscuridad es lo que hay en una habitación en la que la luz no está.

Categoría de comportamientos

La perfecta elevación
senderos de comportamiento

Sin embargo, nos movemos, navegamos en un estado dual de cosas. Así basamos nuestras referencias… y nuestro comportamiento, también.
Hasta ahora hemos visto que vivimos en base al enfrentamiento de opuestos para que nos formemos una idea del mundo; pero que así mismo necesitamos una ley que nos califique a cada par de opuestos y que nos permita saber en que punto de la categorización estamos: A qué llamamos “fresquito”, “frío polar” o “calor abrasador”, por ejemplo y así con todos los pares de opuestos con los que nos movemos. Sin embargo, al hablar del comportamiento…
En el caso del comportamiento, podemos hablar de ΗΘΟΣ, ethos, que significa comportamiento o costumbre; o de mos (gen., moris), moral, que significa lo mismo. De ahí provienen nuestras palabras ética y moral.

Antes se hablaba de comportamientos inmorales y ahora, de conductas poco éticas. Aún habiendo matices y usos para cada caso y en cada tiempo, lo cierto es que, al hablar de ética y moral, estamos trazando también senderos de comportamiento. Y, además, de comportamientos encuadrables dentro del campo semántico de bondad-maldad. Esto además se torna más complejo de lo que puede parecer a simple vista, pues, si al tratar de los pares de opuestos hablábamos de un ámbito en dos dimensiones, aquí cambiamos al pasar a un campo que se convierte en tridimensional y sobre todo, no dependiente del tiempo, como en el caso anterior.

Se hace tridimensional, de varias maneras, siendo la primera, que añadimos a un tercer elemento, el actor o agente, con el que debemos contar y que será la base y razón de toda la ética o moral que queramos definir. Así, según las escrituras, no olvidaremos que:
2 Nefi 2:15 …era menester una oposición…

El mal no puede triunfar

Pero ahora, entra en nuestro campo perceptual el agente, aquel que realiza las acciones y se coloca a sí mismo dentro del estado de bondad-maldad. Sin embargo, son necesarias dos condiciones que permitirán que el hombre pueda desplazarse a lo largo del segmento del comportamiento y colocarse a sí mismo. Estas dos condiciones pueden llegar a estar muy cerca una de la otra y pueden verse resumidas en la escritura siguiente:

2 Nefi 2:16 «Por lo tanto, el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro.»

La primera condición

La perfecta elevación
son suficientemente instruidos

La primera de esas dos condiciones está referida a las consecuencias causales de todas las actuaciones y de las decisiones que tomemos en todas las cosas y más en especial en nuestro propio campo de acción moral. Toda causa tiene su efecto, toda acción tiene sus consecuencias, siendo esto cierto desde las acciones más evidentes y efectivas, hasta las pequeñas sutilezas de la Teoría del Caos.

(3) La Teoría del Caos postula desde el punto de vista matemático (y topológico) que, en los sistemas de gran complejidad, la introducción de un pequeño cambio en el mismo, progresa, se desarrolla y evoluciona hasta provocar grandes cambios en el conjunto de éste. El ejemplo más común puede resumirse en la frase: “El batir de las alas de una pequeña mariposa en las selvas del Amazonas puede provocar un tifón inmenso en las costas de Japón”

El por qué de esto es lo que viene a estudiar la Teoría del Caos. Pero el tratar acerca de ella, de su determinismo, de fractales y de atractores cae muy fuera de lo que pretendemos con el presente artículo, ya de por sí suficientemente extenso.

Es lógico pensar que en el campo de la Navegación del Alma existan recompensas y privaciones, alzas y bajas o si se lo prefiere, premios y castigos:

Y, ¿cómo podría el hombre arrepentirse, a menos que pecara? ¿Cómo podría pecar, si no hubiese ley? Y, ¿cómo podría haber una ley sin que hubiese un castigo? (Alma 42:17)

Sí, ciertamente, en todas las circunstancias, todos nuestros actos tienen sus propias y relacionadas consecuencias; y todo acto en cuanto a lo bueno o lo malo acumula o detrae brillo en nuestra propia alma, también. Así pues, en cuanto a consecuencias morales, ¿qué es lo bueno? ¿ Qué es lo malo? Y nosotros, ¿somos capaces de saber lo que es cada cosa? Nuevamente, leemos:

Y los hombres son suficientemente instruidos para discernir el bien del mal; y la ley es dada a los hombres. Y por la ley ninguna carne se justifica, o sea, por la ley los hombres son desarraigados…(2 Nefi 2:5 )

¿Somos los seres humanos lo suficientemente instruidos como para discernir el bien del mal? ¿Desde cuando? Nos es muy útil, además, conocer el medio mediante el cual se nos enseña:

Discernir

«Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios.» (Moroni 7:16)
Del mismo modo que al todo marino que sale a navegar se le dan cartas para que pueda discernir su posición en todo momento, a nosotros, navegantes del alma se nos dan los medios para discernir también dónde estamos.

La segunda condición

Aristóteles

La segunda y no menos primordial. es que el hombre tenga la capacidad de actuar. No sirven personas sin el conocimiento suficiente, ni encadenados en prisiones, encamados en hospitales o sujetos a cualquier privación que les menoscabe en manera alguna su capacidad de elección. En suma, su poder de escoger. Y he aquí que llegamos a la parte más intensa de este artículo: A esta capacidad de poder escoger, la llamamos Libre Albedrío.

Este Libre Albedrío del ser es también más propiamente la tercera coordenada que convierte en tridimensional al campo de actuación entre pares de opuestos. Sin embargo, debemos considerar a este campo bidimensional de pares de opuestos en el que nos hallamos de manera algo diferente:
Realmente, en sus actos morales, el hombre se ve, al menos conscientemente, como estando polarizado por dos fuerzas, o mejor, entre dos condiciones. A la primera le llamaremos potencia, que depende de sus capacidades propias. O aún más simplemente, la potencia se refiere a lo que el hombre, como individuo, es capaz de realizar; de que fuerzas, conocimiento o capacidad de acción dispone.

La segunda, para muchos, es algo más sutil, incluso negado por completo en el nombre de una libertad absoluta y total que niega cualquier ligazón o atadura con algo. A esta condición que va juntamente con el hombre también, le llamaremos deber.

(4) Una explicación mucho más hermosa y descriptiva sobre las oscilaciones del hombre entre lo que puede y lo que debe hacer, puede hallarse en la obra “Los Palacios de Kolob”, de David Moraza Brito y en la que se explican estos conceptos que yo estoy exponiendo con muchísima más belleza. Gracias, lector, por tu paciencia y a ti, David, por tu libro.

En alta mar

¿A qué distancia ve?

Así tenemos al hombre que oscila, que navega movido entre las corrientes del deber y las pulsiones de sus propias capacidades y potencias. ¿No nos recuerda esto ahora al estado que habíamos descrito en la primera parte de esta obra? En ella, hablábamos de alguien que se halla de repente en un barco en alta mar, a la merced del viento y de las corrientes, con la capacidad de tocar o hacer lo que desee con los órganos de gobierno del navío, e incluso, aunque las consecuencias de sus acciones pudieran ser desastrosas, tiene el poder, la potencia de influir sobre el comportamiento último de la nave. De hecho, éstas se construyen con la idea de utilizar los elementos de la naturaleza a nuestro favor y la nave misma es un elemento de esa potencia.

Diremos algo más: ¿Qué ve el hombre sobre un barco, en pie sobre la cubierta? ¿A qué distancia ve? Permite lector que yo te lo diga, y te pido que te fíes de mis palabras; pero resulta que una persona de 1.80 metros de altura, podrá ver el horizonte hasta una distancia de unos cinco kilómetros escasos.
¿Y si nos subimos a la parte más elevada del navío? (que supondremos está a 10 metros de altura sobre el agua). Sorprendentemente, podrá ver el horizonte hasta una distancia de unos 11 kilómetros.

(5) Aunque me he prometido a mi mismo no poner matemáticas, ecuaciones (cielos), o nada parecido, sólo pondré aquí, porque puede ser útil, es muy fácil y porque se puede realizar muy fácilmente, como se calcula la distancia al horizonte (el horizonte que podemos ver) de acuerdo con la altura a la que estemos. Es muy fácil: la raíz cuadrada de la altura en metros, multiplicada por 3.57, nos da como resultado la distancia al horizonte en kilómetros. Desde el Mulhacén, la distancia al horizonte es de unos 211 kilómetros.

Mientras más altos, más elevados estemos, más seremos capaces de ver un mayor campo del horizonte que nos rodea.

La perfecta elevación

La perfecta elevación
según su fe en Dios

Así pues, en el campo de las dos dimensiones definidas por nuestro poder y nuestro deber, mientras una mayor perspectiva tengamos del conjunto, más fácil será para nuestra alma navegar en unas condiciones, como la de nuestro mundo, que da mucha más importancia al poder que al deber.
Para el navegante, ¿Qué ventajas aporta esto? La respuesta es sencilla: al abarcar una mayor área visual puede tomar decisiones mejores si ve que, aunque desde su altura en la nave no pueda verse, desde más arriba se observa que hay un barco de socorro, hay tierra o cualquier peligro.
¿Y para el Navegante del Alma, qué hay? El profeta Alma nos responde a través de lo que encomendó a su propio hijo Helamán:

«Y [la brújula o Liahona] obró por ellos según su fe en Dios; por tanto, si tenían fe para creer que Dios podía hacer que aquellas agujas indicaran el camino que debían seguir, he aquí, así sucedía; por tanto, se obró para ellos este milagro, así como muchos otros milagros que diariamente se obraban por el poder de Dios. » (Alma 37:40)

Pero no estamos hablando solamente de un medio como la brújula o el sextante en un navío, sino de una guía más superior y elevada:

Y ahora digo: ¿No se ve en esto un símbolo? Porque tan cierto como este director trajo a nuestros padres a la tierra prometida por haber seguido sus indicaciones, así las palabras de Cristo, si seguimos su curso, nos llevan más allá de este valle de dolor a una tierra de promisión mucho mejor. (Alma 37:45)

La navegación del alma

En efecto, si el navegante del alma confía en la palabra de Cristo, su navegación será más fácil, segura y directa. Pero hay un aspecto más que tenemos que considerar a la hora de tratar de elevarnos sobre el plano del deber y del poder.
Somos nosotros los que decidimos que escoger entre el deber y el poder. Incluso la de “no elegir nada”, ya es una elección en sí misma. A esta capacidad, necesaria para ser nuestros propios agentes, se le denomina “Libre Albedrío”.

(6)Hay quién dice que la de “Libre Albedrío” es una expresión incorrecta y redundante, puesto que el albedrío implica la libertad para poder escoger; otros hablan, no de libre albedrío, sino de “albedrío moral”, etc. Pero no queremos desviarnos de nuestro tema principal y si incluimos esta nota, es tan sólo para prevenir al lector de lo que puede encontrarse en estos temas. 

Implica, como hemos visto, la capacidad de reflexionar y poder escoger sin ser constreñido, en asuntos de índole moral o espiritual.

Al hacer elecciones, tenemos la garantía del cielo que el escoger lo correcto nos hará más libre y si escogemos lo incorrecto, ello nos hará más esclavos. Es prácticamente al contrario de lo que el mundo nos dice, lo cual es que, si nos sujetamos a leyes morales, seremos más esclavos, mientras que al no sujetarnos seremos más libres. Pero sigue hablando Lehi:

Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él. (2 Nefi 2: 27)

Ver más lejos

En los rescates en alta mar, se utilizan helicópteros y aviones porque la distancia al horizonte desde estos siempre es mayor y se puede abarcar más área del mar y así no dejar a nadie abandonado. Pero ¿cómo hacer para que nuestro albedrío gane en altura?

Interesante cuestión. Básicamente se responde que, al ir tomando decisiones adecuadas en asuntos sencillos desde el principio, nuestra altura espiritual crecerá, permitiéndonos ver “más lejos” de lo que acostumbramos a ver situados en la cubierta de nuestra nave del alma. Cuando yo aprendía a conducir, quién me enseñaba me habló de un error muy común entre los que están aprendiendo y es mirar lo que sucede justo delante de coche y no mirar más allá. “Si miras hacia lo lejos” –me dijo– “podrás ver con mayor anticipación y tiempo lo que te viene desde el sentido de tu marcha, mientras que, si te limitas a estar pendiente de lo que sucede sólo a un metro por delante del capó, cuando algo imprevisto te llegue, no tendrás tiempo alguno para reaccionar y corregir lo que debas. Acostúmbrate a mirar a lo lejos cuando conduzcas y todo irá bien”.

Obtener mayor altura para el albedrío implica tener una visión más completa de lo que sucede en un mundo que cada vez es más brumoso. Mientras mayor sea pues la altura de nuestro albedrío, nuestra altura espiritual, si se desea, mayor libertad tendremos a la hora de decidir y nuestras decisiones podrán tener una visión mejor y más clara.

Para que tengan gozo

Por el contrario, mientras menor será la altura de nuestro albedrío, nuestra capacidad de elección estará más determinada y cercana; probablemente, nuestro plano moral entre el poder y el deber acabe polarizándose más y más hacia el poder, ignorando en mucho al eje del deber.
La Navegación del Alma lo es en este campo tridimensional; ocurre de forma tal vez inefable, pero ocurre: todos somos navegantes en el mar de la existencia.
Y ya paro, lector, para no cansarte. Sólo quiero recordarte que este estado de las cosas, con sus inquietudes, sus dudas y sus preguntas fue diseñado así desde un principio. Diseñado y construido por Aquel que fue llamado el Salvador del Mundo. Y lo que tenía en mente, puede reunirse en esta escritura final, llena de amor, plenitud y elevación:

Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.

Rafael Padilla

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