Conferencia Sociedad de Socorro en Almeria

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La mujer SUD

BARRIO DE ALMERÍA

LA MUJER SUD.

Se me invitó a hablar en la conferencia de la sociedad de socorro del barrio acerca de la mujer SUD

• La igualdad.

Palabra dominante que hoy día circula en modo de torrente.

Vivimos en una época de torrenteras. Una torrentera es el cauce seco de un curso de agua que repentinamente se llena y arrastra todo lo que encuentra. Es difícil sacar agua cuando todo a nuestro alrededor flota en torrenteras. Las palabras corren de forma violenta sacadas de su habitual uso y una de ellas es la palabra igualdad.

En este torrente, la palabra igualdad, arrasa las diferencias que tanto han ayudado a la humanidad a llegar hasta este siglo.
• El uso de la palabra igualdad en las escrituras se aplica a la posición de las personas ante Dios.

“no debía haber persecuciones entre ellos; que debía haber igualdad entre todos los hombres;” Mosíah 27:3

El Señor no nos hizo iguales, sino compañeros

“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” Génesis 3:12

La igualdad del Señor

“…varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles.” 2 Nefi 26:33

La obsesión del mundo por la igualdad entre el hombre y la mujer, no solo está en contradicción con los géneros de las palabras que los nombran, sino con los significados de sus cuerpos. Nuestros cuerpos son en sí mismos relatos muy claros y diferentes de quien es cada cual. No obstante, la diferencia entre nuestros significados en el mundo, la rima vital entre hombre y mujer es notable. Convertirlos en una sola prosa, empobrece las palabras hombre y mujer y en el interior de estas, las de padre y madre.

La igualdad mal entendida, acorta en el tiempo la vida de las palabras niño, niña. La infancia pierde vigor en favor de las edades adultas.

Los torrentes acortan las edades, porque se centran en su velocidad y no en los que flotan en sus aguas.

La actividad del hombre y la mujer en la iglesia no son iguales.

La mujer SUD

El sacerdocio y su actividad en la iglesia es evidente, activa, pública, mensurable. Pero es más bien puntual, se evidencia más bien por momentos concretos. Visitas, conferencias, comités, ordenanzas. Aunque vemos en el hombre-sacerdote una continuidad en el tiempo, no es su actividad de una persistencia constante. Así como en Lehi, su atención no es circular sino punto a punto. Su atención es captada por el edificio, árbol, sendero, barra. Su mirada va de allí para acá; porque explora.

Sin embargo la mujer-sud retiene en su atención la visión perfecta del entorno familiar y lo juzga todo en función de esa membrana invisible que rodea a su familia. Su atención es circular. El lazo que la une a su familia es más intenso, porque parte de su interior, ha nacido en ella misma. Al igual que su cuerpo, lo evidente de su naturaleza está en su interior. Es invisible a la vista. Su papel en el evangelio, tiene un componente oculto mayor que el del hombre. Pero más persistente y profundo. Lo que no excluye su parte de protagonismo.

Una igualdad forzada, en este sentido, sería un agua violenta y torrentera. Acabaría por erosionar esas características que nos diferencian y resultaría en un paisaje familiar monótono y falto de protección y guía.

El sueño de Lehi

No conozco un relato donde se muestre mejor esta idea que en el sueño de Lehi. No voy a describirlo al completo, porque sería muy largo de hacer. Solo voy a comentar algunos aspectos. Este sueño se encuentra en El Libro de Mormón en 1Nefi 1:8.

Leemos en el versículo 13 lo siguiente.

• 13. Y al dirigir la mirada en derredor, por si acaso descubría a mi familia también, vi un río de agua; y corría cerca del árbol de cuyo fruto yo estaba comiendo.

Lehi recobra su condición de padre de familia, cuando prueba del fruto. Saríah, en la fuente no abandona la suya de madre en ningún momento. Mientras busca a su familia, Lehi ve el rio cerca del árbol “cuyo fruto [él] estaba comiendo” (ver.13) pero no reconoce el peligro de ese manantial. Eso le es ajeno.

“…y en su manantial vi a vuestra madre, Saríah, y a Sam y a Nefi; y estaban allí como si no supieran a dónde ir.”(ver.14)

La actitud de Saríah es quieta, estática. Pero Lehi no profundiza en ella. Solo describe lo que ve. Sin embargo podemos notar, que aunque Saríah no sabía dónde ir, si tenía claro a dónde no ir. Recoge a sus hijos a su alrededor, no están en el rio ni en caminos extraños. Ni aún Laman y Lemuel están lejos de ella.

Ella mantiene sus hijos separados de la situación corrupta de Jerusalén, ciudad de donde jehová dice:

“Los hijos recogen la leña, y los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa para hacer tortas a la reina del cielo y para derramar libaciones a dioses ajenos, para provocarme a ira” (Jeremías 7:18)

Saríah mantiene a su familia recogida alrededor de ella. Sin ella Lehi no podría ejercer su sacerdocio para invitar a venir a Cristo. Porque no habría a quien llamar.

Mientras ella hace esto, Lehi va por su camino (1 Nefi 1:5), atraviesa un desierto oscuro, ve un campo espacioso, un árbol, lo prueba, explora su entorno. El no mantiene, ni recoge. Más bien busca y viaja, observa. Su atención esta punto a punto en el horizonte y va de Norte a Sur. Él es un hombre que vuelve a ser padre al probar el fruto.

Saríah es quieta y circular, su atención es inmediata a sus hijos y su mirada es la del horizonte familiar.

Al contrario que Lehi, ella si conoce de cerca la amenaza del rio y los senderos extraños. Porque todo lo escudriña primero a través de la palabra madre y mucho después la de mujer. Por eso sabe que no debe ir ni ella ni sus hijos en el torrente que inunda Jerusalén.

Lehi y Saríah estaban en papeles distintos pero en el mismo lugar.

• Si hubiese igualdad. Saríah estaría en otro campo oscuro. Su atención estaría dispersa en el paisaje y ocasionalmente en su familia. Si hubiese probado el fruto del árbol, buscaría a sus hijos para compartirlo. Pero sus hijos no estarían a su vista. Estarían dispersos, y nadie con ellos.

• Saríah se queja a Lehi “Tú nos has sacado de la tierra de nuestra herencia, y mis hijos ya no existen y nosotros pereceremos en el desierto” 1 Nefi 5:2. Ella entiende el mundo a través de ellos. Ella agrupa y guarda. Sostiene y vigila. Vela. Cuando no ve sus hijos, su mundo se oscurece y los reclama. Y eso está por encima de su marido. ¿Hay algo malo en eso? ¿Podemos reprochar algo a ella? He escuchado muchas veces que Saríah no apoyó a su esposo Lehi en esa escena. Pero creo que eso es fruto de una lectura superficial y de ninguna reflexión. Ella nunca se relevó a sí misma de su llamamiento.

• Lehi se adentra y explora, viaja y se aleja. Mira y recobra su paternidad al probar el fruto.

• Saríah no abandona su condición de madre en ningún instante. Da la estabilidad.

• Ellos son complementarios y distintos. Saríah identifica mejor los alrededores del rio. Es más sensible a los cambios. Ni aun Laman y Lemuel andaban muy lejos de ella.

No perdamos la perspectiva, del campo espacioso que se tiene desde el lugar que cada uno ocupa en la visión de Lehi. Eso nos dará mucha más comprensión del curso a seguir.

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