Arbol de la vida, el padre y la madre en el sueño de Lehi

árbol de la vida

El árbol de la vida es el centro del sueño de Lehi. “Y aconteció que me adelanté y comí de su fruto; y percibí que era de lo más dulce, superior a todo cuanto yo había probado antes” (ver.11)

El árbol de la vida

En el versículo 12, Lehi reconoce que sabía que su fruto era preferible a todos los demás, lo que sugiere que había más frutos y árboles.

Arbol de la vida
Árbol de la vida

Cuando Nefi en su visión, ve el árbol, le dice al Espíritu; “Veo que me has mostrado el árbol que es más precioso que todos.” (1 Nefi 11:9) No hay nada en ambas experiencias, que sugiera la existencia de un solo árbol en el campo espacioso. Nefi precisa que es más precioso que todos, luego había otros.

Esta escena me recuerda la que se produjo en un jardín. Un lugar como un campo pequeño, más cuidado y con un dueño. Allí, Adán y Eva, recibieron este mandamiento: “De todo árbol del jardín podrás comer libremente, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido” (Moisés 3:16 – 17)

¿Qué árboles pueden ser esos? No estoy seguro, pero hago la pregunta de otra forma ¿Cómo se llaman esos árboles? Tampoco estoy seguro, pero sé cómo se llama uno. “Y además, te digo que no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente, y por medio de ese nombre. (Mosíah 3:17). Podríamos añadir ni otro árbol.

Ni otro nombre ni otra senda

Hoy este lenguaje de la clase “si si, no no ” no es popular. La corrección política da a todas las ideas el mismo valor. Sin embargo no todas han dado el mismo resultado a las personas y naciones que las han vivido.
Es como el alegre excursionista que come de cada fruto que encuentra, considerando que todos son aptos para el hombre, porque ¿Acaso no salen todos de la tierra? Esa simplicidad acabará con él.
Por lo tanto los santos, como pueblo, adoptan con preferencia la cultura de la luz y la verdad desde la posición en la que estén.

El árbol de la vida
No se dará otro nombre

El que no se [de] otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, es una declaración que excluye los otros nombres, sendas y medios. Excluir es una palabra mal vista actualmente. Pero ¿acaso toda elección no se basa en la exclusión de las demás?

La lengua es poderosa al moldear el pensamiento. Al adquirir, por emulación, el lenguaje de las escrituras, nos protegemos contra lo banal.

Cuando Lehi escogió uno de aquellos árboles, excluyendo a otros, no anduvo haciendo declaraciones diplomáticas para disculparse ante aquellos de otras opiniones que estaban bajo otros árboles. Ni por eso empuñó un hacha para talarlos. No alabó la buena arquitectura del edificio de enfrente. Tampoco se dio un baño en el río para no ofender a los que preferían nadar. Ni se felicitó por el refrescante vapor de tinieblas.
Situarnos en la perspectiva del evangelio, requiere declarar que el rey va desnudo. Hoy día Lehi seria una persona excluyente.

Hacia el árbol de la vida

Cuando Lehi dice me adelante, deja de ser caminante y observador. Regresa a su condición de padre. El evangelio requiere actuar, por tanto… [comió] de su fruto. Esto es, asimilar su mensaje en nuestro interior; y percibí o lo que es lo mismo, recibir el conocimiento.

Al adelantarse Lehi abandona el desierto de su tristeza, la vida errante ajena a las tiernas misericordias. En su avance, Lehi cruza la línea que existe entre la simple curiosidad por ese extraño árbol y la experiencia de probar su fruto. Al adelantarse transmite a quien lo observe, un cambio de posición, un abandono de Jerusalén, o de Ur o de Egipto. Es inevitable señalarse ante los que miran.
Su experiencia fue directa. Al igual que su visión en Jerusalén, él fue escogido y acompañado.

Nefi y su visión del árbol de la vida

árbol de la vida
Nefi ve el árbol de la vida

Al ver las obras de arte sobre el sueño de Lehi, sé con seguridad que todos esos artistas han leído 1 Nefi, Sí, y vi que su fruto era blanco, y excedía a toda blancura que yo jamás hubiera visto” (ver.11). En la pintura, así como en la vida real, un objeto para ser blanco, debe ser iluminado. Y si su condición es que excede a toda blancura, es que debe recibir mucha luz. Es fácil llegar a la conclusión al ver los lienzos, que la iluminación principal se origina en el árbol, ya que es el fruto el que es iluminado.

La naturaleza del árbol de la vida

Nefi en su visión recibe un gran conocimiento en cuanto la naturaleza del árbol. El Espíritu del Señor se dirige a él y le pregunta:
– He aquí, ¿qué es lo que tú deseas? (1 Nefi 11:2)
Deseo ver las cosas que mi padre vio. (Ver.3)
¿Crees que tu padre vio el árbol del cual ha hablado? (Ver.4)
Sí, tú sabes que creo todas las palabras de mi padre. (Ver.5)

Están hablando sobre el árbol, porque es la clave de la visión. Entonces El Espíritu del Señor exclama.
¡Hosanna al Señor, el Dios Altísimo,…! Y bendito eres tú, Nefi, porque crees en el Hijo del Dios Altísimo…” (Ver.6)

Nefi responde más de lo esperado. Cree todas las palabras de su padre. Lehi hablo de un redentor del mundo…”…les dio testimonio de que las cosas que había visto y oído, así como las que había leído en el libro, manifestaban claramente la venida de un Mesías y también la redención del mundo.” (1 Nefi 1:19)

El espíritu rompe en alabanzas, porque la respuesta de Nefi, colma sus espectativas. Queda la impresión que el espíritu del Señor se sorprende.

Un solo sí

Creo que si Nefi hubiese respondido simplemente un “Sí”, en el versículo 5, el resultado hubiese sido el mismo. Porque la pregunta que realiza el Señor en ver. 4 tiene toda la intención de conducirlo a la visión del Mesías. Hay una voluntad divina en mostrarse semejante al Sinaí.
No es sino después de declarar su fe en Cristo a través de su fe en las palabras de su padre, que Nefi ve el árbol.
Cuando ve el árbol el Espíritu del Señor le pregunta:

  • ¿Qué deseas tú? (Ver.10).
  • Le dije: Deseo saber la interpretación de ello… (ver. 11)

La condescendencia

A partir de ese momento no ve más al Espíritu del Señor y la dirección de la visión pasa a un ángel. Van a ver el Mesías y su ministerio, por lo tanto el Señor se retira.

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La condescendencia de Dios

El ángel le hace una pregunta al mostrarle a Nefi una virgen hermosa y pura en Jerusalén.
Y me dijo: ¿Comprendes la condescendencia de Dios? (ver.16)

Es una pregunta temprana, Nefi no lo sabe. Nosotros en su lugar tampoco. El ángel, con esa pregunta, le prepara para la respuesta.

Alguien que es condescendiente agrada a los demás, trata de comprender sus sentimientos. En este sentido, la condescendencia está relacionada con la empatía. La palabra condescender viene del latín condescendere (rebajarse, descender para ponerse al nivel de alguien) pero con un ánimo bondadoso no por obligación o necesidad. Alguien condescendiente no usa la verdad como arma, sino que comprende a los demás y con paciencia desciende hasta su mismo nivel y desde ahí les ayuda.
La condescendencia de Dios se revela en el versículo 18 “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.”

Cristo, el árbol de la vida

Cristo se representa en el árbol de luz, porque el árbol condesciende con el hombre en el mismo campo y comparte el mismo paisaje. Ofrece un fruto de gran valor y alto precio al alcance de cualquier mano. Y ese fruto sale de sí mismo, de su propia savia o lo que es lo mismo, su sangre. Ese fruto está al alcance de cualquier estatura y de la fuerza de cualquier brazo, por eso es condescendiente, porque se adapta “a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos…” (DyC 89:3)

La luz de ese árbol ilumina la escena, pero solo alumbra el corazón del que come su fruto. Para eso ha de ir en pos de ese  árbol y renunciar a otros.

Participando del árbol de la vida árbol de la vida

En casa quiero colgar en el recibidor una pintura del sueño de Lehi fiel a la narración. El árbol ilumina la escena. Es la visión del que recibe la luz de Cristo y el testimonio del Espíritu Santo. Es la visión del caminante dichoso, después de su periplo por el desierto.
Pero, ¿cómo sería ese cuadro si se pintara desde otro lugar de ese campo espacioso? ¿Cómo lo representarían otros personajes de esa visión? ¿Cómo sería la iluminación de la escena? Meditar en eso ha sido de las mejores experiencias que he tenido con las escrituras.

“Y al comer de su fruto, mi alma se llenó de un gozo inmenso” (1 Nefi 8:12)

La única relación plena con el evangelio es participar de su fruto. Permanecer en la periferia del campo espacioso y quedarse en el conocimiento de la escena, no es adelantarse ni probar. Muchos se conformar con un conocimiento intelectual del evangelio pero no comen. Otros alaban a Dios pero no reciben sus convenios y ordenanzas.

Lehi no prueba el fruto como lo hizo Adán, sino que come de él. Adán y Eva probaron el fruto como parte del protocolo del plan. Lehi come del fruto para alimentar su alma y vivir. El Evangelio alimenta y nutre cada día, no es para probar sino para nutrir. Así Lehi, el padre, no deja de comer mientras busca su familia. Vivir solo de un bocado es como respirar una sola vez.

El gozo de Lehi

La experiencia de Lehi es completa. El amor de Dios, que se derrama en su Hijo y el hombre que lo acepta. No hay otra forma de conocerlo. No es un conocimiento intelectual, sino íntimo, hacia nuestro interior, por eso come.

En ese campo grande y espacioso donde se desarrolla la escena, Lehi siente un gozo inmenso. Inmenso es un concepto mayor que grande y espacioso. Sin embargo, el fruto cabe en una mano. Su grandeza, por lo tanto, no está, en su dimensión, sino en el efecto inmenso, de probar el fruto del amor de Dios.
Tampoco la grandeza de los que comen de él está en su número, pues son pocos, sino en tener  “por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria.” (1 Nefi 14:14)
Este amor sobrepasa cualquier extensión de la visión y del paisaje. De la misma forma que el evangelio trae bendiciones, cosas que ojo no vio, ni oído oyó (Isaías 64:4)
Todo esto, desde el edificio, no se aprecia.

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El gozo de Lehi

Naturaleza del fruto del árbol de la vida

Comer el fruto me sugiere tomar sus ordenanzas. Una de ellas, la santa cena consiste en comer y beber. En la oración cada domingo escuchamos, “…para las almas de todos los que participen de él…” (DyC 20:77). Participar del latín participare (tomar parte en algo) y yo diría formar parte, es decir el pan ya forma parte de ti. Es la comunión más íntima con el paisaje del evangelio.
No es habitar en un edificio como aquellos de enfrente, sino ser uno mismo templo del espíritu.

Si profundizamos en la ordenanza, podemos ver que participamos uno a uno en reverencia. Extendemos nuestra mano igual que Lehi y mientras, meditamos en la oración que escuchamos. Está centrada en Cristo, en recordarlo y tener su espíritu con nosotros. Centrados en el árbol del que comemos.

Se postraron y comieron

En esta ordenanza, realizamos algo extraño en relación al mundo. Así como aquellos nefitas que  “…cayeron al suelo, y alzaron sus voces al Señor su Dios” (3 Nefi 4:8),  haciendo creer a sus enemigos que ” …habían caído de miedo, por el terror de sus ejércitos” (9) cuando “no les tenían miedo; pero sí temían a su Dios…” (10)

Ese mismo contraste, es parecido al que existe entre las personas del árbol y las del edificio. Testificamos que nos acordamos de Él en nuestra postura de reverencia, semejante a aquellos que “se postraron, y comieron del fruto del árbol.” (ver.30)

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La santa cena

En todas las ordenanzas del evangelio interviene nuestro cuerpo, ninguna es virtual. Al comer del fruto, Lehi hace partícipe a su cuerpo de la visión. Introduce en su interior la luz y la verdad. Ya no es en ningún momento espectador, sino agente.

Cada domingo, en la santa cena, participamos del árbol porque ese fruto es el amor de Dios que se derrama sobre los hijos de los hombres. Así, sin dejar de tomarla, continuamos nuestra vida sin dejar de llamar a los nuestros con la voz y con los gestos.

El padre, la madre y el árbol de la vida

“Deseé que participara también de él mi familia, pues sabía que su fruto era preferible a todos los demás.” (ver. 12)
Lehi siendo hasta ahora un hombre solitario (a diferencia de Saríah que nunca deja de ser madre) pasa a ser padre y sin dejar de comer, desea compartirlo con su familia. Es casi el paso natural de probarlo, compartirlo.

El río de aguas sucias

Mientras busca a su familia Lehi encuentra un rio, “vi un río de agua; y corría cerca del árbol de cuyo fruto yo estaba comiendo.” (ver.13) Esa expresión la usa también al describir el paraje donde asentó sus tiendas en el desierto “…asentó su tienda en un valle situado a la orilla de un río de agua.” (1 Nefi 2:6) Con esto aclara que se refiere a un cauce de un río que lleva caudal y no al lecho seco de un río.
Es necesario que nos extendamos en la comprensión de la naturaleza de ese río, solo entonces entenderemos el papel de Saríah, la madre.

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El rio que vio Nefi

El río que vio Nefi

En la visión de Nefi, el ángel le explica la naturaleza de ese río. “Y ocurrió que miré y vi a los de mi posteridad reunidos en multitudes contra la posteridad de mis hermanos; y se hallaban congregados para la batalla.
Y el ángel me habló, diciendo: He aquí la fuente de aguas sucias que tu padre vio; sí, el río del que habló; y sus profundidades son las profundidades del infierno.” (1 Nefi 12:15 – 16).

Siempre relacione este versículo con las guerras entre nefitas y lamanitas. En el sentido de la maldad de la guerra. Pero si leemos cuidadosamente, nos damos cuenta que el ángel le describe que quien estaba reunida contra la posteridad de Laman y Lemuel eran los nefitas. Cosa que es contraria a los mandamientos de Dios…”Defenderéis a vuestras familias aun hasta la efusión de sangre…” (Alma 43:47)

La regla violada

Éste era el mandamiento y se aplicaba con esta regla, “sí, y también se les enseñaba a nunca provocar a nadie, sí, y a nunca levantar la espada, salvo que fuese contra un enemigo, y que fuese para defender sus vidas.” (Alma 48:14). Por lo tanto el ángel está describiendo al pueblo nefita en el uso de una estrategia contraria a los mandamientos.

La pregunta sería ¿Cuándo el pueblo nefita se precipitó como nación en las aguas de ese río? Podemos responder que cuando quebrantaron el último mandamiento que les separaba de la destrucción. El mandamiento de luchar solo en defensa de sus vidas.

Año 362 a orillas del río

Vemos este momento en el año 362 DC. Después de diez años de paz, acordados los términos con los lamanitas de cesión de tierras, de nuevo éstos atacan en el año 361 y 362. En ambas ocasiones son derrotados y esto origina que el pueblo nefita comenzara a sentirse superior a sus enemigos. Despreciando otra vez, las tiernas misericordias.

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Año 362 orillas del rio

En el 362 D.C. empezaron a mojar sus pies en las orillas de ese río de aguas inmundas, “por motivo de esta cosa notable que mi pueblo, los nefitas, había logrado, empezaron a jactarse de su propia fuerza, y comenzaron a jurar ante los cielos que vengarían la sangre de sus hermanos que habían sido muertos por sus enemigos.” (Mormón 3:9) Estaban ya preparados para su caída como nación, cegados por sus victorias, su jactancia e iniquidades.

Estaban hablando de más, cuando deberían estar callados y revisando la dirección del viento.

Dia de vuelo en Padul (un paréntesis)

En una ocasión fui, junto a mis compañeros de vuelo, a Padul una localidad de Granada para asistir a unas jornadas de vuelo en ala delta. Mi amigo Pablo, experimentado en esta disciplina deportiva, me hizo una observación, casi la recuerdo al pie de la letra:
“Antes del despegue normalmente los pilotos deben estar concentrados en los preparativos, revisar el material, ver las condiciones, etc. Cuando veas a alguno hablar demasiado y presumir de sus vuelos, esos son los que tendrán los accidentes.”
Siempre lo recuerdo cuando me siento partícipe del 362.

La precipitación en la fuente de aguas sucias

Después de un juramento sacrílego pues “… [habían] jurado por todo lo que nuestro Señor y Salvador Jesucristo les había prohibido…” (Mormón 3:14), Mormón se retira del mando del ejército.
En el año 363 salieron de la tierra de Desolación con sus ejércitos y fueron rechazados. Mormón reconoce con tristeza…” Y desde esa ocasión no volvieron los nefitas a aventajar a los lamanitas, sino que empezaron a ser arrasados por ellos, así como el rocío ante el sol.” (Mormón 4:18)

Ese es el rio de agua que Lehi vio, que corría junto al árbol. Ese mismo rio donde se precipitó el pueblo de Jerusalén. Aquel por el que uno de sus ciudadanos, oraba con todo su corazón mientras iba por su camino. Ese río, el orgullo, les hizo olvidar que necesitamos sus tiernas misericordias.

La inmundicia del río

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La inmundicia del rio

En una posterior explicación que da Nefi a sus hermanos, les dice que” el agua que mi padre vio representaba la inmundicia…” (1 Nefi 15:27) y les enseñó que “era un abismo horroroso que separaba a los inicuos del árbol de la vida, y también de los santos de Dios.” (1 Nefi 15:28)
Es muy interesante la enseñanza del ángel a Nefi, pues la decisión de año 362, fue la que los alejo totalmente de la luz del árbol, de su fruto e incluso de reconocerlo en el campo espacioso. Digamos que se apagó la luz para ellos.

Realmente ellos mismos habían cavado ese abismo horroroso. En ese abismo sucedió “la horrible escena de sangre y mortandad que existía entre el pueblo, así nefitas como lamanitas; y todo corazón se había endurecido, de modo que se deleitaban en derramar sangre continuamente.” (Mormón 4:11)

Lehi busca a su familia

Mientras busca a su familia, Lehi ve el río cerca del árbol de la vida cuyo fruto [él] estaba comiendo” (ver.13) pero no advierte peligro en su cauce. Eso le es ajeno.
“…y en su manantial vi a vuestra madre, Saríah, y a Sam y a Nefi; y estaban allí como si no supieran a dónde ir.”(ver.14)

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Jeremías en Jerusalén

Estaban junto al manantial, porque vivían en Jerusalén y las “aguas sucias” que corrían por sus calles y por sus gentes estaban a su lado. Jeremías describe magistralmente la situación en Jerusalén a través de sus profecías.

“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua” (Jeremías 2:13).

En estas reveladoras palabras vemos al Señor hablar de Jerusalén como su amada “Como el pozo conserva frescas sus aguas, así ella conserva su maldad; violencia y devastación se oyen en ella, continuamente delante de mí hay enfermedad y herida” (Jeremías 6:7)

La corrupción en la ciudad era completa, siendo las generaciones diversas que estaban en el gran y espacioso edificio de su visión, las mismas que describe Jeremías. “Los hijos recogen la leña, y los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa para hacer tortas a la reina del cielo y para derramar libaciones a dioses ajenos, para provocarme a ira” (Jeremías 7:18)

La labor de Saríah

Esta es la situación de corrupción que asedia a Saríah como madre. Ella no camina como Lehi porque atiende al hogar estable, que recoge y protege a los suyos. En un asedio se necesita un lugar de defensa.

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La labor de Saríah

Su familia no vio el árbol, aunque estaban muy cerca. Ellos no habían caminado por el desierto oscuro. No habían sentido la necesidad de orar para implorar compasión con todo su corazón a favor de su pueblo. La ministración del hombre vestido de blanco es dirigida a Lehi.

El camino de Saríah, es diferente al de Lehi, agrupa a sus hijos, esperando guía y conocimiento. La madre protectora que vela por los suyos, la tierra que sustenta. Están como si no supieran a dónde ir pero se tienen unos a otros.

Saríah sí sabe, al contrario que Lehi del peligro del río, porque ella consigue que incluso Laman y Lemuel no anden muy lejos de la voz de su padre.

La labor callada

Ella sin embargo, sí sabe a dónde no tienen que ir. Presiente los males que acechan a su familia más en la cercanía que andando por su camino. Ella calladamente, consigue que esos hijos rebeldes no se precipiten a las aguas revueltas de Jerusalén, que a tantos se llevó.
Su mente no está absorta sino en los detalles de ese lugar que afectan a su familia.

Ella aguardaba la guía y agrupa a sus hijos listos para recibirla. ¡Qué papel tan importante! Pero poco estimado hoy, al darle una connotación pasiva. Sin embargo cuánta fuerza hay en Saríah al sostener la unidad familiar sin la presencia del padre viajero. Igual que en Ítaca Penélope sostiene a la familia sin la presencia del Ulises errante.

Las distancias en la visión de Lehi

“Y les hice señas y también les dije en voz alta que vinieran hacia mí” (ver.15)
La distancia en este sueño nos da una idea de la escena y sus actores. Lehi nos dice de su familia que “…estaban allí como si no supieran a dónde ir.” (ver.14). Adivinar la situación o la actitud de esas personas nos acerca más bien a los 150 metros. A esa distancia podemos interpretar algo de su situación. Además podemos alzar la voz y enviarles señales con nuestros brazos.

Lehi se comunica con su familia, a través de la distancia. El padre, que está ausente, dirige su familia hacia el árbol. Pero sin Saríah, sería imposible porque es ella quien le provee de un lugar donde encontrarlos.
Cuando Lehi envió a sus hijos en busca de las planchas, Saríah le habla de esta forma, “Tú nos has sacado de la tierra de nuestra herencia, y mis hijos ya no existen y nosotros pereceremos en el desierto.” (1 Nefi 5:2). ¿Alguien puede reprochar algo de las palabras de esta mujer, cuando el mismo Lehi murmuró por la rotura de un arco y por quedar sin carne de caza ese día?

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Laman y Lemuel

Vigilante siempre

En este caso no es un arco, son sus hijos. No están junto a ella en ese desierto oscuro. Ella que siempre los tuvo cerca. Siempre los mantuvo reunidos, dispuestos a recibir un día a un padre que iba por su camino y regresó con una visión. Ella que, alarmada, veía la simpleza de Laman y Lemuel. Sí, cuando les oía decir que aquellos que amenazaban a su esposo de muerte eran “…un pueblo justo; [y su esposo] los había juzgado, y los había sacado porque escucharon sus palabras” (1 Nefi 17:22) Imagino que esas tensiones divergentes confluían más en ella que en nadie.
Pero ahora ninguno estaba a su lado.

Vigilante siempre del peligro que representaba el rio.
No creo que Lehi hubiese podido reunir dos asnos y una tienda sin Saríah.

La voz del sacerdocio desde el árbol de la vida

La voz del sacerdocio y sus gestos a través del tiempo y el espacio. El presente de la madre y la lejanía del padre, como buscador en desiertos lúgubres o ciudades sentenciadas.
La voz del padre través de la distancia. En Enós leemos:”… las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, penetraron mi corazón profundamente.” (Enós 1:3)

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Los llamé en voz alta

La voz y los gestos del padre hasta Alma “también me acordé de haber oído a mi padre profetizar al pueblo concerniente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios.”(Alma 36:17)

Lehi les dice en voz alta…que vinieran hacia [él], sí, a su sacerdocio, unido a su oficio de padre. Su familia aún no ve el árbol con su fruto, debían de dirigirse por su voz y su gesto. De la misma forma, salieron de Jerusalén sin una certeza de lo que hacían. Sólo confiando en su voz alta que los llamaba al desierto, donde ellos tampoco veían árbol alguno. Ni siquiera a dónde debían de cazar en los momentos de emergencia.

Ellos no tenían barra de hierro, pero tenían ese orden familiar, orden cuestionado hoy día.

Y esa estructura familiar, que ni aun Laman y Lemuel se atrevieron a romper en un principio, sino a la muerte de Lehi, propicio la orientación hacia el árbol.

La cohesión de Saríah, la madre

La familia agrupada por Saríah y orientada por Lehi. Una familia con problemas, que a veces no representa ese ideal que se nos enseña en la iglesia, pero que cumple el cometido que el Señor trazó. Enseñando con esto, que es su brazo y no el nuestro el que lleva la obra hacia su destino.

Trasladando esta escena a nuestro tiempo, no sería difícil imaginar a una Saríah preocupada por su profesión. Bajo un extraño árbol, que dicta a aquellos que se acercan en qué consiste ser una persona moderna. Con un horario limitado para las pesadas tareas familiares, donde cada uno de los cónyuges tiene su propio horizonte. Donde a veces coinciden en algún propósito común.

Un Lehi absorto en su camino que coincide con los afanes de nuestro tiempo. Afanes que consiguen unos hijos peligrosamente cerca de un río. Una madre que no está y un padre que se considera a sí mismo, un mero proveedor de bienes para vivir en ese desierto oscuro. No hay voz ni gestos. Porque eso está ya de antemano fijado por el código diseñado en el gran edificio.

El árbol extraño

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El árbol en Jerusalén

“…y participaran de aquel fruto que era preferible a todos los demás.” (15) Uno de esos árboles que Lehi y Nefi relatan en su visión, al referirse a los demás, está detallado al dejar sus posesiones y oro en Jerusalén.
Al abandonarlas, Lehi indica a su familia que ese árbol que aún no veían era preferible al que dejaron. Al oro y a la plata que dejaron en Jerusalén y del que pendía un fruto visible y apetecible. Lehi de esa forma obra extrañamente en su entorno. Deja la herencia familiar como algo sin valor y ofrece a su familia una tierra de promisión que no podían ver ni sabían dónde estaba.

El otro árbol

Ese fruto deseable para hacer a uno feliz, se encuentra de forma distinta a los demás. Lehi no abandona del todo aquellos bienes tangibles de su herencia, sino que los usa apropiadamente como valor de cambio. Tal como el intento de cambiar sus riquezas por las planchas de bronce. De esa forma Lehi no come ni alimenta su alma de ese fruto, sino que le da uso como valor de cambio.

Abraham así lo hizo “yo, Abraham, vi que me era necesario buscar otro lugar donde morar”… y deseó ser, al igual que Lehi, un buscador pues… “hallando que había mayor felicidad, paz y reposo para mí, busqué las bendiciones de los padres” (Abraham 1:1)
Lehi cambia sus riquezas por los registros de bronce “y los escudriñamos y descubrimos que eran deseables; sí, de gran valor para nosotros” (1Ne5:21). Notamos aquí la diferencia que hay entre el valor de cambio de algunos frutos de ese campo espacioso y el valor absoluto, por sí mismo, de los anales de bronce, que son sin precio. Y así como Abraham, Lehi deseaba estas cosas “a fin de administrarlas,” (Abraham 1:2) a su familia.

La llamada de Lehi al árbol de la vida

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La llamada de Lehi

Al describir el momento en que su familia participa del fruto debemos notar algunos detalles importantes.

“Y sucedió que vinieron hacia mí y también comieron del fruto del árbol.” (ver.16)
Al decir vinieron hacia mí, Lehi los dirige hacia su persona, no hacia el árbol. Porque ellos aún no lo ven. Solo escuchan sus palabras y gestos.

Recuerdo la primera asignación que recibí de Elder Dunford en el verano de 1976: Leer del capítulo 11 de 3Nefi hasta el 28. Esto me pareció mucho y me extrañó tanta lectura para una simple charla. Yo no veía nada claro entonces. Supongo que mi perspectiva era parecida a la del grupo que junto a Saríah estaba cerca del rio, cuando escuchó que su esposo la llamaba desde cierta distancia. Creo que accedí a leer porque por alguna razón que no acababa de entender.

Decidí hacer lo que su voz y sus gestos me pedían. Pero no lo hice porque viese algo de blancura singular que brillase no muy lejos de mí. Sino porque me llamaban y yo decidí acudir. Me inspiraban confianza por alguna razón que no sabía.

Probando el fruto del árbol de la vida

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Probando el fruto

Cada miembro de la familia de Lehi, come del fruto en su momento. ¿Cuándo lo hacen? Nefi en 1Ne2:16 “y he aquí que él me visitó y enterneció mi corazón, de modo que creí todas las palabras que mi padre había hablado”. Su hermano Sam come a su vez del fruto al escuchar a Nefi testificar “Y le hablé a Sam… y aconteció que él creyó en mis palabras.” (Ver.17)
Y Saríah una vez vio que sus hijos estaban ilesos, cree “Ahora sé con certeza que el Señor ha mandado a mi marido que huya al desierto; sí, y también sé de seguro que el Señor ha protegido a mis hijos.” (1 Nefi 5:8).
Estos fueron los momentos de comer del fruto. Por eso Lehi dice que tengo por qué regocijarme en el Señor por motivo de Nefi y de Sam.

Sin embargo temen por Lamán y Lemuel porque “… aconteció que los vi, pero no quisieron venir hacia mí para comer del fruto.”(1 Nefi 8:18).
Laman y Lemuel también estaban en el manantial, pero no quisieron ir a su padre, no aceptaron la guía del padre ni del sacerdocio para poder llegar al árbol. No obstante no tomaron un camino opuesto, intuyo que seguían en la distancia pero sin romper los vínculos familiares.

Lehi, el salvador

Lehi en este punto representa al Salvador al usar las palabras vinieran hacia mí, vinieron hacia mí y no quisieron venir hacia mí. El fruto está detrás de la voz de ministración del sacerdocio o la voz patriarcal. De la misma forma que Lehi sigue al personaje de ropas blancas y después de orar encuentra y come el fruto. Saríah y su familia, siguen al padre en el desierto y después de orar y reflexionar comen también del fruto.

Próximo artículo
El edificio grande y espacioso
Bajo el árbol

En el próximo artículo “Mapa del sueño de Lehi caminando hacia el árbol” veremos la dinámica de esta visión. Veremos quienes se mueven, hacia donde y por qué. Los elementos de la visión enmarcan esas corrientes inmensas o pequeñas de personas. Debemos encontrarnos e identificar dónde estamos.

Artículos del proyecto “El sueño de Lehi”
(1) El sueño de Lehi, el caminante
(2) Las entrañables misericordias en el sueño de Lehi
(3) Árbol de la vida, el padre y la madre en el sueño de Lehi
(4) Mapa del sueño de Lehi caminando hacia el árbol
(5) La barra de hierro y el sendero en el sueño de Lehi
(6) El edificio grande y espacioso en el sueño de Lehi

 

 

 

 

 

 

 

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