El día que partimos de Kólob

Nos encontramos en el día que partimos de Kólob hacia la Tierra. Ese acontecimiento grandioso, esperado por todos, lo vemos a través de Kozam y sus compañeros.
Cada linaje ha sido convocado para el anuncio. Cada uno frente a su arco que representa cada casa y sus habitantes. Nadie sabe que ocurrirá, es un suceso nuevo para todos.
Extracto del capítulo 15 de “Los palacios de Kólob”

El suave zumbido

El día que partimos de Kólob
Ese día nos encontrábamos entre el tercer arco

Ese día nos encontrábamos entre el tercer arco y el acceso principal a Silam, en la margen derecha. Las terrazas, rebosantes de escuelas, grupos, seres densos y los nuevos habitantes que se incorporaban a la vida exterior.

Estábamos exultantes, conversando y riendo. Me encontraba plenamente aceptado por Misón, Celem, Quebel, Caliandro, Moses, Alinia. Pero había algo en mi interior. Un zumbido, como un aleteo en la parte izquierda de mi pecho. Molesto y permanente cuando pensaba en el doble trabajo que realizaba. Pero intentaba justificarme pensando que era por el bien de todos. Que posiblemente agradecerían mi proceder. Cómo explicar lo que un habitante de las lindes experimentaba, me sentía casi justificado. Hasta el momento en que se cruzaba la mirada de Corina con la mía. Entonces aquel zumbido del tamaño de un hueso de ciruela vibraba con persistencia sin atender a explicaciones.

Pero ese zumbido interior se vio rebasado por otro que desde mis pies, sacudió todo mi cuerpo.

El estruendo

Aquel era un estruendo reservado para ese día

No podría decir de dónde procedía el sonido, pero lo cierto es que lo sentía en todo mi cuerpo, de dentro a fuera. Reverberaba en cada parte de mi interior y provocaba un miedo intenso. Estaba inmovilizado, porque todas mis facultades se esforzaban por entender lo que percibía, aquello qué estaba ocurriendo ante nuestros ojos; pero en mi historia personal no había una clase o una categoría para adjudicarla a lo que experimentaba en ese momento. Es decir no tenía nombre para describirlo ni palabras para expresarlo. Así que me limité a mantener una postura lo más digna posible y una expresión lo más parecida a la normalidad.

Aquel era un estruendo reservado para ese día. El día del desprendimiento del arco de la cuarta era. Nuestro mundo parecía resquebrajarse, partiéndose por su mitad. No entendía cómo Kólob podía soportar esos ruidos estrepitosos sin palidecer su cielo, sin que Kokaubean se tornase rojizo.

La visión de los arcos había sido siempre una imagen de equilibrio, de perfección. ¿Cómo era posible alcanzar una altura semejante con solo dos pilares? Ante la imagen maciza y consistente de los palacios, los arcos eran como silbidos, que lanzados al cielo bajaban de forma exacta y pulcra en la otra orilla. Nunca hubiera relacionado su existencia con el estruendo vibrante, de tono grave que azotaba a todos los que estábamos esa mañana presentes en el fin de nuestra era. No habíamos sido apercibidos de la experiencia y yo suponía que esa iba a ser la última enseñanza de las casas.

Piedra contra piedra

El día que partimos de Kólob
Esa mañana de conmoción, se nos arrebató de la infancia en nuestro mundo

Nos sentíamos pequeños y vulnerables. Aquel retumbar de piedra contra piedra, no era sólo algo físico. Había una intención en todo ello. De la misma forma que la estridencia de una trompeta llama a la batalla, esa mañana el desprendimiento del arco nos llamó a la realidad del nuevo escenario. Nos hizo sentir que junto a toda la maravilla de nuestro mundo, limítrofe a todo el afecto recibido y a su apacible rutina. Contiguo a todo el esplendor de los palacios y sus linajes, había realidades consistentes, ajenas a nuestras vidas que, subterráneas a nuestro conocimiento, daban espesura a todo.

Esa mañana de conmoción, se nos arrebató de la infancia en nuestro mundo. Por primera vez entendimos que nuestro reino tenía una faceta que se mostraba repentinamente y su aspecto era terrible. Todo lo que escuchamos desde la infancia, toda la preparación en las disciplinas nobles, las enseñanzas de las escuelas y las casas. Las premisas y sus consecuencias. La alteración y sus salas. Todo parecía haber sido un juego hasta ese momento. Todo había flotado suavemente en el mundo apacible de Kólob. Pero ahora se encarnaban en un estruendo vivo y amenazante, imponente, como el lento avance del cuarto arco de la cuarta era en la casa de Silam.
Corina, a mi lado, se aferraba con fuerza a mi mano, su cuerpo se apretaba con el mío buscando un refugio que yo torpemente lo simulaba. A mi alrededor, nuestro equipo, impactado por la escena, se mantenía en su formación ritual, cristalizado e incapaz de realizar comentario alguno.

las veinticuatro casas matriarcales

El día que partimos de Kólob
24 casas matriarcales

Había veinticuatro arcos en esa mañana, lacerando la superficie de Kólob, y arrancando de sus entrañas, estrépitos subterráneos, como si unos dedos colosales tocasen las cuerdas tensadas por largo tiempo para la ocasión. Lentamente, el arco, liberado de la matriz pétrea que lo hospedó durante toda esa era, avanzaba como lo hace un infante en sus primeros pasos. No había oscilaciones en toda su curvatura, la solidez extraordinaria de su estructura, daba a todo una solemnidad extraña. Lentamente atravesó nuestra posición, con su vértice sobre nuestras cabezas. Por un momento ocultó la luz de Kokaubean, nos giramos lentamente, acompañando su movimiento.

Como una montaña parturienta, las casas matriarcales, daban a luz. El tercer arco había esperado una era impávido, a su espalda la gran puerta del palacio Jana.
Todos observábamos el lento acople de esa elipse increíble a su nueva posición, enmarcando en su interior en exactas proporciones a sus tres precursores. Nosotros de espaldas a palacio sólo pensábamos en soportarlo hasta el final.

El silencio

De pronto, se hizo el silencio tan repentinamente como surgió el estruendo inicial. Y fue este silencio tan terrible como lo anterior. Porque nos dejó en un vacío momentáneo. No pudimos articular palabra, pues supongo, que al igual que yo, todos estábamos tratando de convivir con un nuevo sentimiento de madurez, de haber llegado al final, no relatado, sino presente. De eso que siempre comentado, siempre estudiado, pero ¡oh, por mi vida! Que nunca imaginamos de esa forma.

Silenciosos, no dejábamos de apreciar ese cambio en el paisaje que era la suma de nuestro arco, parecía todo más complejo, un mundo más extenso que antes. Sumábamos gloria al esplendor de Kólob y sus dueños. En ese momento despertamos al sonido de un primer bramido de las trompas, que desde las terrazas de los palacios, abrían la nueva etapa de nuestra partida. Nos dispusimos a entonar el himno del fin de era a la tercera llamada. Todos los habitantes alzamos nuestras voces, al unísono. Nuestra voces eran vibrantes, todo el pavor retenido en nuestro interior salto de nuestras gargantas como una cascada. Si no fuese por ese himno, nuestra alma se hubiera resquebrajado por la presión en nuestro interior. Más que cantar, las primeras estrofas huyeron de nuestra boca como la gacela escapa del leopardo.

El himno de la partida

Llegó el momento final, hijos del más grande
partiremos con valor, como se nos enseño.

A medida que templábamos la voz, una fuerza extraña surgió dentro de nosotros, infundiéndonos coraje. Si la tierra bramó hacía unos instantes, ahora era nuestro turno y no íbamos a dejar sin nuestra voz el mayor día de nuestra vida.

Dejaremos todo aquí, para algún día volver
no temáis, no dudéis, sed fieles oh vosotros.
Los rescatados del oscuro abismo
aquellos escogidos por el brillo de sus ojos
aquellos que volverán con estrellas en sus manos.

Éramos como una tempestad rompiendo en los palacios de Kólob. Porque nuestra voz estaba enfocada en ellos. Al fondo la gran cúpula de luz de nuestro padre. Queríamos que todos supieran que ni el fragor ni lo aterrador de ese día podía dominar el temple de los hijos del Gran Gnolaum. Entonces empezamos a mirarnos unos a otros, alentándonos, mostrando nuestra fuerza. Y ya en ese momento sentimos vibrar el suelo de nuestro mundo por la resonancia de nuestra voz. Si, lo sentimos ¡maravilla de las maravillas! Sentimos a nuestro planeta resonar, como un tambor, a causa del crepitar de las voces de sus hijos. Reverberó como si fuese luz lo que salía de nuestras bocas, como si nuestra voz tocase, al igual que los arcos, las cuerdas de sus profundidades. Pero esta vez no para aterrar sino para extasiar a todo ser que habitase en su piel, para proclamar sin temor la grandeza de la inteligencia que surge de lo oscuro.

Somos nosotros, las arenas del cielo
Somos nosotros, las gotas del oscuro
Gloria sin fin para aquel que tiene el cetro
Honor sin límite para quien sustenta y hace crecer

Las trompas de los palacios

El día que partimos de Kólob
sonaron con extraordinaria fuerza todas las trompas de los palacios

Cuando terminó esta última estrofa, sonaron con extraordinaria fuerza todas las trompas de los palacios, millones, empuñadas por seres densos. Sus ondas, visibles como olas en un mar atmosférico, nos barrieron con dedos translúcidos que ondulaban por instantes la visión de las cosas. Y nosotros gritamos de júbilo, olvidando el temor, nos inundó el éxtasis del momento. Gritamos y lo hicimos sin orden ni concierto, cosa desconocida hasta ese instante, lo hicimos por el puro placer de la victoria sobre nuestro miedo. Gritamos a los arcos de las eras, a Irreantum, a las onduladas colinas de Kólob, lanzamos nuestras voces a Kokaubean, gritamos hacia los cuernos dorados de las premisas. Gritamos respondiendo a las trompas que en manos de esos seres libres y exaltados, desde su interior, arrojaban toda la fuerza de las casas. Lo hicimos espantando para siempre el terror, ese depredador que a punto estuvo de vencernos. Lo hicimos para mostrar nuestra fuerza y nuestro empeño.

Nos abrazamos, nos besamos unos a otros y rompimos con el delicado y ordenado fluir de los acontecimientos de nuestro mundo.
Ese fue un día grande, el día que se daba por concluida nuestra infancia y nuestra era.

El de nuestra partida.

Extracto del capítulo 15, “Ruidos estrepitosos” del libro “Los palacios de Kólob”

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