La casa de Israel y su poder

Pertenecer a la casa de Israel.

La casa de Israel y su poder
por estatuto, a Israel por convenio sempiterno
M Mencionar “La casa de Israel” trae a la mente sensaciones solemnes. En su pronunciación, sin verbo alguno, hay una resonancia con nuestra condición de santos de los últimos días difícil de explicar.

En la solemnidad del templo, escuchar: La casa de Israel, es como ser una campana golpeada por esas cuatro letras. Ignoro si es por el estudio de las escrituras o por los filamentos invisibles de las ordenanzas que nos unen al pasado. No sabría decirlo. La afinidad con la casa de Israel y su poder que tenemos los santos, está en la urdimbre de nuestra alma. Tocada por el poder de esta casa.

Admito que ésta no sea un experiencia única para los santos y comparto la ocasión de escuchar a otros expresar algo semejante.

Pero al considerar que pertenezco a esa casa, me asombro de mi suerte o algo parecido a decir eso. No encuentro exactamente la expresión adecuada.

No hay en toda la tierra una entidad tan antigua ni de tal continuidad como la casa de Israel. Su autoridad en los asuntos humanos es pues incuestionable. Sin embargo no es un reino semejante a los de este mundo, aunque una vez, tuvo rey y frontera antes de la dispersión.

El rey David compuso este canto

“Haced memoria de su convenio perpetuamente, de la palabra que él mandó para mil generaciones; del convenio que concertó con Abraham, y de su juramento a Isaac, y el cual confirmó a Jacob por estatuto, a Israel por convenio sempiterno” (1 Cro. 16:15-17)

Los antecedentes

Zenós nos dice en el Libro de Mormón “Te compararé, oh casa de Israel, a un olivo cultivado que un hombre tomó y nutrió en su viña; y creció y envejeció y empezó a secarse.” (Jacob 5:3)
No comentaré ahora esta parábola, lo hago en los artículos “Alegoría del olivo Parte I” y “Alegoría del olivo parte II

Me centro en el hecho de escoger un olivo cultivado para representar a Israel. Un olivo cultivado requiere un terreno vallado, porque su fruto es de valor y hay que protegerlo. Es una empresa y requiere una organización en el trabajo para el cultivo y administrar los tiempos  y las estaciones, ya que  tienen un fin para el dueño de la viña.

Antes de Abraham, las dispensaciones del evangelio eran lineales y locales. Lineales porque se sucedían en personas y no en sistemas o congregaciones. Locales porque estaban limitadas a la voz humana, su alcance y su presencia. Por ejemplo Enoc tuvo un éxito total…en una ciudad. Una vez trasladado, quedó Matusalén de cuya descendencia nació y fue ordenado Noé. Él fue director y único misionero en una zona del mundo.
De su linaje encontramos a Melquisedec que no conectó con Abraham de no ser porque éste fue a buscar su ordenación en el sacerdocio. Esas dispensaciones, no se asemejan a una viña. No consta una dirección jerarquizada, una distribución de un liderazgo estable. No siendo esto un error, sino simplemente la solución más adecuada para aquellos tiempos.

La formación de Israel

La casa de israel y su poder
Abraham, Isaac y Jacob
En esas tres generaciones que menciona David, Abraham, Isaac y Jacob, se fraguó el esqueje de la casa de Israel.

Desde Adán hasta Noé las dispensaciones se sucedieron una tras otra. Las distinguimos por los nombres de sus líderes o profetas.  Pero al llegar a Abraham desembocan todas ellas en las grandes aguas del pacto. Ese pacto incluía leyes y territorios, el germen de una nación. El Señor abandonó la itinerancia de su obra en el pasado y comenzó a adquirir y vallar una viña a la que pondría su nombre. El pacto con Abraham sería la columna vertebral del plan de salvación.

La gestación de Israel fue lenta, ya que el Señor debía “integrar sus joyas” (Isa. 62:3) poco a poco para ser “corona de gloria en la mano de Jehová” (3). Su fundación iba a requerir una larga espera ya que, además, el terreno de su viña estaba obstruido, por los amorreos. Al igual que la tierra prometida de Lehi fue obstruida por los jareditas (Jacob 5:44). El Señor le avisa a Abraham que sus descendientes “…en la cuarta generación volverán acá, porque aún no habrá llegado al colmo la maldad del amorreo.” (Gen. 15:16)  Esa delicada atención a los derechos de los amorreos da la medida de la exactitud de su justicia.
Ese tiempo de espera sirvió para la gestación, en el alma de Abraham, Isaac y Jacob de la semilla del futuro olivo cultivado.

Sus tiempos

Una vez despejado el terreno habría que esperar a la madurez del olivo cultivado para recoger fruto.

Tal como dice en DyC 88:42 “…él ha dado una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones”. Los tiempos y estaciones de su obra muchas veces coinciden más con los siglos de los olivos que con los años de los humanos. Por eso a veces su obra parece acercarse más al lento crecimiento de los bosques que a la impaciencia de nuestras ciudades.
El pueblo cautivo en Egipto, necesitó 40 años para que las arenas de un desierto, desgastaran la costra de esclavitud.

La estación presente propicia la savia de una casa de Israel en toda su plenitud.

La calidad de su raíz

El Señor empieza a trazar los contornos de Israel y lo hace primero desde Abraham ya que éste…

“…deseando también ser el poseedor de gran conocimiento, y ser un seguidor más fiel de la rectitud, y lograr un conocimiento mayor, y ser padre de muchas naciones, un príncipe de paz, y anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios…” (Abraham 1:2)

La casa de Israel y su poder
Olivo milenario en Getsemaní

Tomando como centro el anhelo de su alma, el radio de la viña se  extendiende en el futuro. El grano de mostaza dentro de Abraham crece lentamente desde él a sus descendientes. Ese olivo temprano, nace en el convenio de Abraham, crece con el juramento a Isaac y brota en Jacob como estatuto perpetuo para Israel. Tres generaciones para la eclosión de un tallo verde en una viña cercada.

Los trabajos del Señor, ocultos en el interior de las almas, resultan en La casa de Israel. La calidad de su raíz proveniente de Abraham y del pacto tiene mucha fuerza como explica Zenós.

“…las ramas del árbol silvestre han alcanzado la humedad de la raíz, por lo que la raíz ha producido mucha fuerza; y a causa de la mucha fuerza de la raíz, las ramas silvestres han dado fruto cultivado…” (Jacob 8:18)

Los desvelos del Señor por su olivo tiene un motivo “Y hago esto para que quizá sus raíces se fortalezcan a causa de su buena calidad...” (Jacob 5:59). Fuerza y calidad nacientes en el que buscó “el derecho que pertenecía a los patriarcas” (Abraham 1:31)

La casa de Israel y su poder

La casa de Israel y su poder
la mucha fuerza de la raíz
Ningún fruto puede nacer sin una raíz y sin un tallo.
La casa de Israel es un olivo cultivado capaz de “llevar la humedad de la raíz” (59) o sus convenios y ordenanzas, a cualquier persona que se acoja en sus ramas. Tiene el poder de conducir esa humedad salvadora y nutrir a esa persona no solo en la distancia, sino en cualquier época. Aún cuando sus ramas sean cortadas.

En los tiempos oscuros de la apostasía, había creyentes sinceros que no tenían el cultivo ni los cuidados de los obreros de la viña. Ellos, al escuchar con fe “una sola palabra suya” (Mat. 8:8) en el borde del manto de Israel, eran transformados en “los santos de Dios” (1 Nefi 13:5). Aquellos que Nefi en su visión, identificó como tales. Carecían de una dispensación activa del evangelio, pero tenían el poder de Israel con ellos. Por eso aunque “uncidos con un yugo de hierro” (1 Nefi 13:5) a pesar de que “[destruían] a los santos de Dios y los [reducían] al cautiverio” (9) gracias al poder de la casa de Israel, “la mucha fuerza de la raíz, [hizo que] las ramas silvestres [diesen] fruto cultivado” (18). Y ese fruto es la fe en el cordero, el santo de Israel.

Su radio de acción

El poder de la casa de Israel
Obreros en la viña
Al igual que ahora cosechamos el fruto de la fe primera de los santos de la restauración. La casa de Israel crece  en la dirección de Abraham y su pacto. Por eso esta casa es “[poseedora] de gran conocimiento” (Abraham 1:2). Su diseño parte “desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, osea, antes de la fundación de la tierra” (3). Ese olivo, una vez que la restauración lo podó, cavó alrededor de él, lo nutrió según su palabra.” (5) conserva su vigor intacto. Por lo tanto puede “aun de estas piedras, levantar hijos a Abraham.” (Lucas 3:8)

Su radio de acción coincide con la esfera terrestre, siendo el centro de su curvatura Cristo y su expiación. Por eso “son bendecidas todas las familias de la tierra, sí, con las bendiciones del evangelio” (11). Siendo tal su poder, la autoridad de esta casa atraviesa el velo recogiendo a los encarcelados por la muerte. Ellos son vivificados, en ese lugar inaccesible, por la savia de sus convenios y ordenanzas.  

El fruto para la estación

En el lugar santo del templo de Salomón, encontramos la Menorá. El candelabro que representa un olivo cultivado (*). El aceite de las siete lámparas es de oliva. El candelabro da luz en la estancia y representa la luz y la verdad en el pacto de Abraham. La casa de Israel provee del aceite, del fruto cultivado. Un fruto que adscrito a esa casa se convierte en luz.

Por eso “[No] se enciende una vela y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.” (Mto. 5:15). El aceite puro de las olivas, o la fe de aquellos que han sido adoptados por Israel como hijos del pacto. Ellos, que han dejado la vida silvestre, sin los convenios y ordenanzas, nutridos por la savia de las raíces del convenio han llegado a ser “los santos de Dios” (5) una luz al mundo.

Por eso se les dice “alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Tal como si el testimonio de los santos formase parte del candelabro del lugar santo, nuestra luz alumbra mientras estemos enraizados en las fibras del olivo cultivado, de la casa de Israel.

Los olivos de Getsemaní

La expiación, núcleo del plan de salvación, se realizó junto a un olivo cultivado o sobre su tronco. Al igual que la madera de la cruz consumó su cuerpo como ofrenda. Junto a un olivo cultivado se consumió su alma por un fuego extraño y terrible. El poder de la expiación se extendió al pasado y al futuro.
Al romperse el velo del templo, la ley de Moisés queda cumplida. Sus ritos y ordenanzas dejan de ser necesarios porque comenzó una ley mayor.La casa de Israel y su poder

Sin embargo el convenio de Abraham con Dios siguió vigente. La casa de Israel aumenta en poder y dominio, su principado cubre toda la tierra. Así como el justo fue traspasado por los clavos de sus amigos, el traspasó la ley de Moisés. Ahora sus ramas llegan a toda la tierra. Ya no hay fronteras.

Ese olivo cultivado, Israel, a través de la restauración de su iglesia, estimado lector, trae algo a nuestra vida. Como un hilo conductor que viene desde Abraham trae a su vida los convenios y ordenanzas de su casa. Son  de mucho poder pues nos convierten en fruto aceptable para el Señor de la viña, para su propio fin.

 

(*) Otros piensan que la Menorá representa al arbusto en llamas que vio Moisés. Me baso en proponer a un olivo cultivado, por múltiples semejanzas y por el aporte de Zenós en el Libro de Mormón al hablar de Israel.

Próximo artículo

En “Adán y Eva y el cono de luz pasado” ¿De que forma nos lega el conocimiento de Dios o la revelación en comparación al conocimiento científico? En este artículo reflexionamos en diferencias y semejanzas

 

 

 

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