Las ordenanzas del evangelio desde el pabellón oculto

las ordenanzas del evangelio

La radiación desde el pabellón oculto

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La fe procede de esa región

La fe en Dios procede de esa región tras el velo, de ese reino oculto tras el pabellón (leer antes La materia y el reino de Dios).
La fe ha modificado la geometría de la humanidad desde hace milenios. Pero no podemos incorporarla a nuestra realidad como cualquier otro conocimiento. Porque la materia de la que está hecha no es de este mundo. Aun así, podemos ver su sombra en las ordenanzas del evangelio desde el pabellón oculto
Desde la chispa de fe que un joven tuvo, el Señor incendio de conocimiento toda una dispensación.
Como santos de los últimos días tenemos el privilegio de haber recibido la plenitud de conocimiento y ordenanzas. Todo lo más que se va a entregar al hombre en este mundo en lo concerniente al otro lado del velo.

En la sección 121 el Señor atiende al ruego de justicia que el profeta José reclama. Y en cuanto a aquellos que persiguen a los santos injustamente, el Señor muestra su mayor castigo… “¡ay de ellos!; por haber ofendido a mis pequeñitos serán vedados de las ordenanzas de mi casa.” (DyC 121:19)

¿Qué son las ordenanzas del templo? ¿Por qué no simplemente ignorarlas?
Vemos a personas oficiando en sus salas, realizando ordenanzas por fallecidos o por personas vivas. Y sin embargo no detectamos que el mundo cambie. No vemos nada que ocurra a nuestra vista. Igual que quien contempla “a simple vista” el choque de dos galaxias, o mira el cielo estrellado en una noche clara.

El espectro visible de las ordenanzas

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Radian como luz y poder

Las ordenanzas son la concreción del árbol de la vida, es el hecho de comer de su fruto. Es el acto ritual de estar bajo sus ramas y renunciar al mundo.
Al participar con ojos naturales en el espectro visible de una ordenanza,  solo vemos el 5% de lo que ocurre en ese lugar. Por eso [ser] vedados de las ordenanzas de [su] casa, es la peor de las maldiciones, porque somos despojados de”…tronos, reinos, principados, potestades y dominios, toda altura y toda profundidad (132:19), es decir de las moradas del Padre que pueden estar en ese cercano y vasto 95% desconocido.

Las ordenanzas del evangelio radian como luz y poder del otro lado del velo, es la radiación, no electromagnética, pero es la radiación visible de los cielos tras su pabellón. Se extiende la mano del sacerdocio desde del velo y nos lleva al otro lado donde hay más luz y conocimiento. Pero hemos de ir vestidos de convenios y conocimiento.

Las ordenanzas del mundo

De la misma forma, el poder de un estado o nación radia o se manifiestan en sus ordenanzas. Porque estas demuestran su poder en legislar, en acuñar moneda y así ordenar el movimiento de sus riquezas y ejercer la autoridad. Todas sus actividades se plasman en sus ordenanzas. Por ejemplo un juramento para cargo público. El juramento hipocrático para médicos. Los actos legales, plasmados en documentos donde figuran convenios y acuerdos. El convenio matrimonial. La emisión de pasaportes etc., la propia constitución.  En realidad una nación, es otra casa de orden.

Muchas de esas ordenanzas están asociadas a una escenificación, un juramento en un proceso legal o ante un nombramiento. El rito matrimonial etc.

Las ordenanzas del evangelio

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De piedra en piedra

Debemos andar en las ordenanzas y sus convenios como el que atraviesa un río saltando de piedra en piedra. Las ordenanzas son esas piedras y son “invisibles al mundo” porque el mundo solo ve actos simples y sin consecuencias, sin embargo están cargadas de resultados que no son visibles.

Cada ordenanza es un apunte en los cielos, una declaración, un acto legal. Algún día, cuando veamos que todo es materia,  podremos abarcar sus extensas consecuencias materiales de las ordenanzas.

Por lo tanto, para los santos, las ordenanzas y sus convenios son una muestra de la legislación que existe detrás del pabellón. Siendo la iglesia y su gobierno un ejemplo menor de aquellos reinos ocultos a nuestra vista. Una reflexión cautelosa sobre esas ordenanzas que radian desde la morada oculta, nos puede dar una idea del brillo que impera en esos lugares. Debemos escudriñarlas, como si fuesen escrituras, aun las que recibimos en el templo. Estas son la culminación de ellas.

El brillo desde el pabellón oculto

La plenitud del sacerdocio son todas las ordenanzas, convenios y conocimiento que obtenemos cuando se giran las llaves que se obtuvieron en el 3 de Abril de 1836 en el templo de Kirtland,  Ohio. Una de ellas la entregó Elías.
“Después de esto, apareció Elías y entregó la dispensación del evangelio de Abraham, diciendo

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Las aguas de Mormón

que “en nosotros y en nuestra descendencia serían bendecidas todas las generaciones después de nosotros.”(DyC 110:12)

Para percibir la radiación del pabellón, vemos sus ordenanzas. Pero para descubrir su brillo, hemos de entender el poder de ellas. De lo contrario no podremos amar ni desear la asociación con las personas que las viven.
En Nauvoo, Illinois, el profeta recibe una revelación, la 124. Los santos estaban en Nauvoo, tenían las llaves del sacerdocio pero no un templo para efectuar las ordenanzas.
           “Porque no existe lugar sobre la tierra a donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que estaba perdido para vosotros, o lo que él ha quitado, a saber, la plenitud del sacerdocio.”  (DyC124:28)
Deberíamos preguntarnos, por qué no existía en Nauvoo, Illinois,  ese lugar necesario para traer lo perdido, ni en ningún otro lugar de la tierra. La tierra es muy grande… ¿ningún otro lugar?

Hay convenios y ordenanzas que podemos recibir en un río como el Jordán, en una playa, en casa o “en Mormón, sí, al lado de las aguas de Mormón, en el bosque inmediato a las aguas de Mormón…” (Mosíah 18:30) Son lugares para recibir el evangelio.

Los templos

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Un lugar sobre la tierra

Para la plenitud del sacerdocio, su brillo y sus ordenanzas, es necesaria una “construcción” especial tanto en edificio y terreno, como en ordenanzas ligadas a esos edificios. Los templos.
En la sección 88 leemos “y hay muchos reinos; pues no hay espacio en el cual no haya reino; ni hay reino en el cual no haya espacio, bien sea un reino mayor o menor.”(37)  El espacio del evangelio de los vivos está aquí. Podemos verlo, y el espacio del reino del otro lado del velo está en los templos. Ese reino y sus habitantes, requieren que se haga tangible la obra a nuestro lado, porque ellos lo son.

El evangelio restaurado es concreto. El Señor quiere  que el brillo desde ese pabellón se materialice en este lado mediante ordenanzas y  en un lugar sobre la tierra a donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que estaba perdido para [nosotros]. Nosotros entendemos una espiritualidad incorporada en lo tangible.
Hay cosas  que pertenecen a este mundo y a su materia. Por lo tanto no necesitan espacio ya que el mundo es su espacio. Son las ordenanzas preparatorias.
Pero el brillo desde el otro lado del pabellón, el brillo que son sus doctrinas, convenios y ordenanzas mayores, no preparatorias. Eso no pertenece a nuestro mundo  porque no brillan desde aquí, sino desde unos paisajes lejanos.

Las ordenanzas del evangelio desde el pabellón oculto

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Pertenece a mi casa

Las ordenanzas que se requieren para atravesar el pabellón, no hay bosques ni aguas donde efectuarlas. Es de otro orden. No son de los parajes de Mormón. Evocan unos cuerpos distintos, unas leyes superiores, sugieren conversaciones con el otro lado. Las ordenanzas del templo corresponden a un entorno diferente. Necesitan un escenario especial para ser entendidas… no existe lugar sobre la tierra. Todo el proceso desde extender la recomendación hasta recibir las ordenanzas es semejante a la admisión en otro país, un lugar que no corresponde a nuestro mundo.

El hombre Adán, que actúa bajo la luz que brilla, aumenta en conocimiento y llama ante el pabellón de su morada para recibir más luz.
El tiempo que estamos aquí es importante,  más en adquirir esa ciudadanía, por afinidad con sus ordenanzas que por descubrir qué clase de materia compone su mundo.

Las nuevas escrituras, sugieren que allí, todo pertenece a una casa.  Así nos lo enseña al declarar “Porque no hay una pila bautismal sobre la tierra…porque esta ordenanza pertenece a mi casa…” (DyC 124:29-30) Una casa en el sentido de linaje, estirpe y herencia. Esa frase nos acerca a la intimidad de su estancia, a sus conversaciones íntimas, “…y para vuestros oráculos en vuestros lugares santísimos en donde recibís conversaciones…” (DyC 124:39) Todo invita a pensar que el hilo organizador de ese reino es la familia. Y es en los templos donde nuestra familia y la suya se acercan hasta conocer las leyes y usos de aquellos.

El acceso a su casa

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Son necesarias ordenanzas y convenios

El acceso a su casa, es decir a los templos de Jesucristo, está vedado a cualquier conducta no de acorde a las leyes que rigen dentro de ellos. Son necesarias ordenanzas y convenios previos. Entonces accedemos al conocimiento de las llaves recibidas de Abraham y a sus promesas. Todo ello se centra en la familia como germen de ese reino inimaginable.

No es posible acceder a ese conocimiento violentando las paredes o las normas del templo. Esa es la manera de conocer del mundo. Podríamos estudiar la naturaleza y resistencia del mármol y del hormigón de su fachada. Emplear un taladro con la barrena adecuada para asomar nuestra vista al otro lado de sus muros. Esa es la manera de conocer del hombre y dicho sea de paso, lo primero que hizo al llegar a Marte. Atravesar su superficie.

Por eso, los métodos “ilegales” son ciegos al contenido de su pabellón oculto. Su doctrina no radia en ese espectro. Esa manera de acercarse al evangelio, sólo percibe prohibiciones. La visión que tendría alguien ajeno a esas ordenanzas sería incoherente. Semejante a la que tendría una rana de una ópera de Verdi. Porque los instrumentos obedecen a la mentalidad del que los fabrica, por eso el Urim y Tumin no le mostró a Abraham Cygnus X1, sino lo que Abraham necesitaba para recibir las llaves del evangelio de Abraham.
Su casa y lo que representa son reinos organizados y no materia sin organizar.

Ser admitidos en su casa

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Ser admitidos

No conocemos un país vulnerando sus fronteras e invadiendo su territorio. Sino siendo admitidos en él. Es en esa actitud de viajeros y no de asaltantes, cuando descubrimos la cultura y costumbres. Por lo tanto cruzar una frontera es un asunto más relacionado con el comportamiento personal acreditado, que con la capacidad de saltar o forzar una barrera.
De la misma forma que conocer a una persona no es asunto de introducir sondas en su sistema digestivo, sino es una cuestión de lenguaje, gestos y sentimientos. Todo ello envuelto en una cultura.

En realidad no entramos en lo [perteneciente a su casa] como en cualquier otro lugar. Sino que somos admitidos, palabra familiar para los santos de los últimos días. Admitir procede del verbo latino admittere compuesto del prefijo ad (hacia) y del verbo mittere (enviar) viniendo a significar aprobar o permitir el paso o presencia de alguien en un lugar.

Ser admitidos denota que detrás de su pabellón hay un reino y no solo bosones, quarks y materia en general, que es lo encontraría posiblemente una sonda. El percibir correctamente ese mundo requiere pasar el velo de forma “legal” no hay otra manera, pues “… el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios.” (2 Nefi 9:41)

Copropietarios de lo infinito

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El carácter de los farmers.

Nos presentamos ante el velo oculto de su morada como viajeros ante una frontera, y como posibles colonos de una interminable pradera. El evangelio de Abraham nos recibe como copropietarios y no como vasallos, ya que “…los ángeles y los dioses que están allí les dejarán pasar a su exaltación y gloria en todas las cosas” (DyC 132:19).

La divina tarea de “llenar la inmensidad del espacio” (DyC 88:12) requiere más la actitud de un granjero libre que la de un campesino asalariado. Todo el lenguaje de la plenitud del sacerdocio que aprendemos en el templo está orientado a  ser depositarios de dominios y potestades. Es más de un crecimiento sin límites ya que “esta gloria será una plenitud y continuación de las simientes por siempre jamás” (DyC 132:19)

Esto requiere la formación de un espíritu capaz de soportar una ley celestial. Y ser capaces de obedecerla en adversas condiciones como son las actuales. Por eso la espiritualidad en esta última dispensación está más ligada a propósitos y acciones. A una tarea práctica y de evaluación continua de objetivos. Más que a éxtasis o estados de pura contemplación.
Y este pueblo peculiar ha adquirido este perfil único al recibir la plenitud del sacerdocio poco a poco, como roció del cielo. Es eso lo que ha cimentado en el alma de los santos el carácter de los farmers.

Próximo artículo

En el próximo artículo “Detrás del velo, una casa de orden ”  La radiación que recibimos del mundo detrás del velo, se manifiesta en sus ordenanzas. El estudio de ellas nos revela la naturaleza de los cielos y sus habitantes. Y su brillo el poder que emanan

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