Mi madre Jana

KKozam y Abiola, tienen una entrevista con su madre Jana. Ella es su madre celestial, allí en Kolob. Su primer hogar en los cielos. Kozam va a solicitar cambiar de casa, ir con la madre Silam, una solicitud extraña y polémica.

Kozam, acompañado de Abiola, se entrevista con Jana, reina de incontables mundos, la madre y reina de la casa Jana, directora de la gran expansión.

Entrada al jardin

Tras una puerta, que se abrió ante el sello, accedimos a una columnata. Podía ver perfectamente las columnas del otro extremo y por el tamaño de las que tenía a mi lado podría tener… es tan difícil escoger las palabras para definir las dimensiones en mis recuerdos. Lo primero que percibí es lo que inspiraban. Las columnas eran elegantes y serias.
Eran poderosas, cada una de ellas honraba a sus moradores. Sus capiteles no se asemejan a nada de lo que he visto y puedo expresar. Sólo sé que eran circulares, sólo eso se decir de su forma. Tenía una frente a mí ante la que casi me inclino en adoración.

Abiola, llamó mi atención hacia un lugar del jardín central. Junto a un árbol de flores blancas, al lado de un riachuelo de aguas lentas.

Era ella La Madre Jana.

Mi madre Jana

Mi Madre Jana es de estatura mediana. Quizás un metro setenta. Sus ojos eran color de miel y su cabello, recogido en una trenza en su hombro izquierdo era del color de sus ojos. Sus pómulos altos y salientes. Ojos almendrados. Sus labios carnosos y suaves. Piel suave y morena. Su nariz recta y algo ancha en su final. Su barbilla era fina. Su frente alta y amplia. Resplandecía inteligencia y profundidad. Mirarla era como asomarse al cielo de Kólob.

Hasta el presente, ese recuerdo me hace temblar de emoción como una hoja. Nadie puede imaginar cómo nuestro interior se abrasaba ante su presencia. Era como un fuego y nosotros como hojas secas. Ella era como una luz en la noche y nosotros polillas que acudían a su presencia. En un instante todo cambio para mí. Olvidé mi deseo de marchar de la Casa Jana. Quería quedarme a su lado para siempre.

Podría cuidar sus flores o esconderme tras un árbol y verla pasar. Yo estaría siempre en ese árbol, contaría sus flores blancas por si algún día me preguntara. Yo sé contar muy bien. Contaría las columnas y les daría nombre. Inventaría una historia para cada una de ellas, quizás algún día me preguntara. Contaría las flores del jardín cada mañana y les pondría nombre, quizás algún día me preguntara por alguna de ellas.

Podría ir por agua, quizás ese riachuelo algún día se durmiera, quizás ella me preguntara cómo sabía yo que eso ocurriría. Y si no lo hacía yo estaría allí como un árbol o una flor. Sin moverme, quieto. Ella ni lo notaría. Si venia por aquí el guardián de la puerta me escondería.

Yo sé hacerlo muy bien. Sería un jardinero de palabras o historias. Sólo quería estar allí, solo para verla.

Ella nos miraba sonriente. Sus dientes asomaban como perlas, también sus ojos sonreían.

— Se llama Oblishi. Es la columna de la reverencia. Le encanta que se fijen en ella. Venid conmigo, os contaré su historia.

Nos extendió sus dos manos a Abiola y a mí. ¡Podía tocarla! Cómo podía ser eso.

Oblishi

La madre Jana
Oblishi
Caminábamos con ella y yo me sentía a su lado un niño pequeño, consumiéndome de amor. Casi derretido por su sonrisa. Nos acercábamos a una columnata rematada de flores cantoras de voces suaves y aflautadas. Sus colores se abrillantaban a nuestro paso y celebraban nuestro honor de estar caminando junto a ella.

El agua que fluía como lluvia fina a través de las flores estaba completamente viva y transmitía colores y perfumes como un rocío afectuoso. No podía enfocar muchas cosas a la vez en mi mente, pues tan solo la contemplación de este pequeño detalle de la escena saturó totalmente mi capacidad de entendimiento.

— Cuando Oblishi no tenía nombre, dormía en las montañas de Kólob. Yo soy Jana y pedí a El Gran Gnolaum un lugar agradable y bello donde pasear con mis hijos. El como buen esposo, quiso agradarme con suntuosos estanques y jardines y los veis aquí. Le pedí un pórtico de columnas para descansar de la luz de Kokaubean. Ellas dormían en las montañas y a una palabra suya fueron despertando de una en una. Todas ellas ocuparon su lugar, tan felices de estar aquí y eran muy obedientes. Todas menos Oblishi.

— Madre ¿por qué no quería venir a este lugar Oblishi?

Abiola preguntaba sin temor estaba encantada, parecía no entender con quién estaba hablando. Entonces Jana rió y en ese momento todos guardaron silencio. El riachuelo, las flores cantoras y el tiempo. Tal era su risa que todo se detenía para escucharla.

— Oblishi esperaba allí en las montañas porque no sabía su nombre…

Al decir esto se paró y miró a Abiola con una sonrisa divertida y a la vez asegurándose que entendía. Lo hacía con mucha amabilidad y era muy difícil creer que ella era una Reina que ejercía dominio en muchos mundos. Un ser a quien se rendía obediencia por pura admiración, sin compulsión. ¿Quién podría decir no a alguien así? Pensaba yo. Ella no necesitaba ser amable, pero lo era de forma indescriptible.

— … cuando Oblishi fue llamada le pareció tan hermoso su nombre que pensó que ella no podía ser. Y quedo esperando sin saber qué hacer. Fue el Gran Gnolaum, quien a petición mía, mandó a su mensajero de más confianza, para hacerle saber de nuestra espera. Nos conmovió tanto su humildad que le dimos el sitio de la entrada al jardín. De esa forma ella disfruta de la primera mirada y comunica al visitante que la reverencia en este lugar, es lo que se espera.

La pregunta de Abiola

Yo no podría quedarme para contar historias, no podía imaginar ninguna como esa. Además, hasta las columnas de piedra las tenían, porque allí todo estaba vivo y mi ingenio solo podría dar, con dificultad, color a una sola flor al día. Había olvidado el motivo de mi visita, La Casa de Silam, Corina, mis dudas… todo había desaparecido. Solo sabía que quería quedarme allí, junto a Oblishi. ¡Qué afortunada era al ser de piedra! No podía articular mis pensamientos con claridad, estaba tan saturado de su presencia que solo podía admirarla.

Entonces Abiola, como una pequeña neófita preguntaba sin temor.

— Madre Jana ¿por qué quiere irse Kozam de casa?

Debió ofenderme esa pregunta de Abiola, esa intrusión. Pero no en ese lugar, allí era imposible. La hizo con tal inocencia y cariño, que me partió de nuevo el alma. Desee abrazarla y decirle que no me iba, que me iba a convertir en jardinero, aprendería a ser el mejor.

Nuestra madre miro a Abiola con tal dulzura, que no creía posible que los rasgos de un rostro pudieran transmitir tal cosa. ¿Acaso ella ya sabía lo que yo iba a pedir? Si lo sabía ¿Por qué no se enfadaba como Bujan?

— Venid

la madre Jana
Ellas son las más valientes.

Nos llevó al riachuelo. ¿Cómo podía sentir yo celos de un riachuelo? A un gesto de su mano, sus aguas lentas empezaron a correr y a borbotear, salpicando sus orillas. Se le notaba orgulloso de hacerlo tan bien, de servir. En realidad lo hacía bastante bien. Me di cuenta que yo no podría sustituirlo con mis baldes de agua. Mis posibilidades se agotaban.

— Mirad esas gotitas que escapan de la corriente. ¿las veis? – nosotros asentimos en silencio –  Ellas son las más atrevidas. Salen de donde otras se sienten seguras y saltan a un destino incierto. Pero fijaos, las flores de alrededor beben de ellas. Esas gotas son muy valientes. Viajan a lugares lejanos para refrescar con su agua.

— Nuestro Kozi es una de ellas.

Entonces lloré por primera vez. No sabía que podía hacerlo. Era una habilidad que tenía escondida y no lo sabía. Yo era una de esas gotas. Ella me lo decía. El ser más increible que podía imaginar, sabía mi nombre familiar, Kozi. Ella se detuvo ese día en medio de su poder y me contó la historia de Oblishi. Me decía que era valiente. Ella era mi madre y me cogió de la mano en el jardín más hermoso que se pueda concebir.

— Pero, yo ya no quiero irme. Quiero estar aquí siempre a tu lado… quiero…

Iba decir cuidar tus jardines. Pero ya me di cuenta, que allí todos obedecían con pasión.

La luz de Kokaubean

Kozi y tú también Abiola. Mirad la luz de Kokaubean. Decidme ¿qué os parece?

Podíamos mirar directamente, sin ningún problema. La luz de Kokaubean tenía un matiz azulado. Era una estrella joven, impetuosa y su tiempo estaba ligado a Kólob. La creación de las estrellas era algo que iba a echar de menos. Aun cuando yo no intervenía directamente, me apasionaba hablar con Telim. Él estaba en una sección que encajaba en este oficio.

— Es brillante y azulada – respondí yo.

— Muy bien Kozi, pocos ven ese tono azul escondido en su brillo. Eres buen observador.

La madre Jana
Cuando se mira a una estrella todo lo demás desaparece

A partir de este momento yo me esforzaría en ser el mejor observador de todo Kólob. Quizás podría quedarme en ese jardín como observador. Yo contestaría a todas sus preguntas.

— ¿Qué veis más?

— Nada más – respondió Abiola –

Ella se puso a nuestra espalda con cuidado, parecía no querer interrumpirnos en nuestra observación.  Colocó una mano sobre mi hombro y la otra sobre el de Abiola. Entonces nos susurró al oído, como si no quisiera molestar. Su ternura hacia dos entre miles de millones. Su voz suave acariciaba nuestra alma como una brisa.

— Cuando se mira a una estrella todo lo demás desaparece. No podemos ver nada más. El día que nació Kokaubean, Kólob había estado a oscuras, solo con la luz de las estrellas, durante mucho tiempo, esperando luz y calor. Sus montañas estaban vacías, su agua escondida, sus criaturas esperaban en el oscuro océano de la inteligencia. Kólob estaba impaciente por ser habitado, ya había demostrado ser un planeta muy obediente. Nosotros le decíamos: “Paciencia”.

Él quería su estrella, pero tenía que esperar.
Al principio,  Kokaubean, empezó a brillar con un tímido resplandor rojizo, casi no llegaba calor alguno a la superficie de Kólob. Poco a poco su luz fue haciéndose más clara, pero su brillo apagado no iluminaba las llanuras y valles de nuestro mundo. Kólob nos decía “no es suficiente”. Nosotros sonreíamos y le decíamos “Ten paciencia”.

Pero un día, de repente, un latido colosal estalló en el cielo, un resplandor recorrió Kólob de una punta a otra. La más hermosa luz azulada y blanca que habíamos visto nos rodeó y entonces entonamos la canción preparada para el nacimiento de una estrella. Era nuestra primera estrella. Kólob nuestro primer hogar, lejos de nuestra casa, donde nacimos. Aún no había arcos como ahora. No estaba este jardín. Ni estabas tú ni Abiola.

El día en que brillo. Nosotros no podíamos ver otra cosa y Kólob no podía hacer nada, solo mirar su luz blanca y azulada. Y así, admirado, no supo pedir nada más.

Cuando miras a una estrella solo puedes verla a ella, a nada más. Si permaneces conmigo siempre, nunca podrás ver nada más, porque yo soy Jana, yo hice a Kólob. Yo imaginé su brillo. Debes salir de Casa para crear tu propia estrella. ¿Cómo la llamaras?

La partida a Silam

Quedé pensando, no por el nombre. Ya sabía cómo le llamaría, sino por aquello que me estaba diciendo, por cómo me lo decía, por su voz que fluía como una cascada detrás de mi cabeza.

La madre Jana
Si permaneces conmigo siempre, nunca podrás ver nada más, porque yo hice a Kólob

— Mi estrella se llamará Jana.

Entonces se dirigió a mí y me miro a los ojos. Aunque más bien yo me precipité a los suyos como la lluvia a la tierra.

— Kozi, cuando vayas a La Casa de la Madre Silam, ¿harás una flor para mí? Si quieres, le pondrás mi nombre y no tendrás que esperar a hacer una estrella.

No sería el jardinero de ese lugar. Ni un árbol más. No me escondería en un rincón para verla pasar. Tenía una misión. Yo buscaría la flor más hermosa que pudiera aprender a hacer y antes que el arco se completara pasaría por delante del guardián de la puerta, yo le diría: “voy a ver a mi madre, le traigo algo solo para ella” El me dejaría pasar. Y en este jardín delante de Oblishi, se la daría.
Entonces ella me escucharía contar la historia de esa flor y estaría tan orgullosa de mí como del riachuelo o de Oblishi.

— Si Madre Jana, ¿de qué color la quieres?

Los tres nos reímos ante mi respuesta. Yo no era capaz de construir un pensamiento más elaborado que ese.

— ¿Podré yo algún día tener tantas historias como tú para contar?

Abiola preguntó con tal confianza, que me asombró. Yo no podía hacerlo así. Creo que Oblishi, la columna de la reverencia me había afectado de lleno.

Mi madre Jana, giro su cuello con gracia y su trenza brillante se posó en su hombro derecho. Sonrió a Abiola y a mí entornando sus hermosos ojos almendrados, con una mirada traviesa, dejándolos en una línea a través de la cual se veía su pupila brillante como un amanecer.

Nos extendió de nuevo las manos y se dirigió a nosotros

— Venid, os voy a dar vuestra primera historia. Vamos a visitar a El Gran Gnolaum, vuestro Padre.

Nunca he podido rescatar recuerdos de la casa del Gran Gnolaum. Mi memoria siempre se quedó ahí, caminando de su mano en esa columnata indescriptible. Nunca he podido llegar más allá y a veces quedo esperando a que algo surja en mi mente y me lleve más lejos de ese jardín. Pero siempre de su mano…”

Los palacios de Kolob

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6 Comments

  1. IMPRESIONANTE SU NOVELA, GRACIAS POR COMPARTIRLA, LA LEERE CON MAS CALMA , APRECIO LO QUE HACE SIGA ADELANTE DIOS LO BENDIGA POR AYUDAR CON ESTAS LECTURAS A LAS PERSONAS.
    GRACIAS UN ABRAZO.

  2. Lo he guardado en mi computadora para leerlo con calma, lo leí muy ligeramente, me gustó mucho esta parte de su novela,,
    por eso lo volveré a leer

    • Esa parte a mí me hizo disfrutar de como sería un momento de intimidad allá en los cielos. Debemos aprovechar a qui en la tierra aquellos de nosotros con padres y madres mayores.
      Gracias por su comentario y por visitar teancum

  3. Gracias por tu comentario. Este relato pertenece a mi novela Los Palacios de Kolob.
    Cuando lo escribí puedo decirte que ese tiempo anterior a nuestro nacimiento fue motivo de mucha reflexión para mí. Tengo la convicción de que era un mundo completo, lleno de matices y detalles increíbles.
    De nuevo te agradezco tus palabras de aliento.

  4. Querido hermano, esta lectura me ha emocionado , me he sentido trasladada a un lugar muy especial, quizás al origen.
    La delicadeza con la que pintas los renglones, me ha conmovido, ha sido como dejarse envolver por un abrazo indescriptible.
    Gracias

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