La túnica de pieles

La túnica de pieles
La túnica de pieles

Allá por el año 1978, estudiaba electrónica de telecomunicaciones en al Universidad laboral de Sevilla. Una de nuestras asignaturas era física y química. Y en ella me topé con su segundo término: la química.

Lejos de ser una prueba a mi paciencia supuso un tiempo de mucho disfrute. Noté que no se me resistía como otras asignaturas de ciencias, las cuales me parecían el laberinto del minotauro sin auxilio de Ariadna.
Siendo yo un amante de las letras en el árido mar de la técnica, fue un descubrimiento inesperado.
Una impresión que siempre tuve, fue la equivalencia entre todos los términos que componen la creación “del buen Dios”.

Aprendí que los átomos tenían como parte fundamental de sus “relaciones” los electrones de sus capas exteriores. El valor eléctrico de esas capas se denominaba “valencia”. Casi podía pensar en la valencia en términos humanos de valores. Y es que la sociabilidad de los átomos, su capacidad para formar estructuras más complejas que ellos mismos, dependía en gran manera de sus valores exteriores.

La pérdida de las valencias

Con el paso de los años, uno va convirtiendo el conocimiento de la juventud, en relatos espesos, casi sedimentos. Unos clase de sólidos con los que construir una “química personal” y ahora heme aquí “estudiando otra vez” cómo los valores cristianos que han enriquecido de estructuras complejas a la humanidad, que han formado nuestro perfil átomico o personal durante miles de años, están siendo desplazados por…la nada.

A continuación, mi intención no es cuestionar la teoría de la evolución (sería sacrílego) porque ni tengo la formación necesaria ni el valor de enfrentarme a esos…azarosos trabajos de Hércules. Pero como hijo de ese dios desconocido y vestido de la túnica de pieles, quizás por ese azar heredado, solo quizás promueva en el lector alguna idea útil.

        Se entiende hoy al ser humano como el resultado único de un proceso evolutivo antiquísimo, sin finalidad definida, a no ser la atribuida al azar. El azar, en realidad también tiene su dueño, solo que no sabemos encontrarlo todavía. Así que adoptados por ese dios desconocido, hemos recibido una nueva identidad: “somos un producto evolutivo”

Este curioso concepto acuñado en 1859 nos convertía en el resultado de un proceso. Ya, para entonces, el vocabulario estaba listo, lo había generado la revolución industrial, comenzando en 1733 con la revolución textil y su consagración 1769 con la máquina de vapor de James Watt.

Dotar por lo tanto de trascendencia, de finalidad y por ende de la moral asociada esta ética a “un producto evolutivo” como el hombre se considera tan fútil como hacerlo con la vieja máquina de Watt. Y de ahí parte una causa del empobrecimiento de valores en el ser humano.

Con esos mimbres, se han tejido teorías y sus revoluciones, dejando a su paso millones de muertos. Ya que al no haber un fin determinado los valores son condicionados por los vientos de doctrina.

El cristianismo se eleva desde su inicio como un referente al valor intrínseco de la persona, a su divinidad, libertad y como consecuencia a su responsabilidad. De ahí el sentimiento de culpa, el pecado y el arrepentimiento, palabras anatemas hoy día. Estas son sustituidas por una obsesión permanente por erradicar la responsabilidad personal y trasladarla a la sociedad y a la familia, por entender la culpa como consecuencia de viejos condicionamientos, por ver a la libertad como un objetivo en sí, cuando no es sino un entorno donde poner “algo”.

Esta “cirugía” desprovee al ser humano de toda responsabilidad y lo convierten en bola de billar del juego natural. La visión froidiana del individuo hizo de este un espectador en su propia conciencia, condicionado casi totalmente por sucesos apilables en el subconsciente y por lo tanto un sujeto disminuido en su responsabilidad.

Por decirlo en otros términos, el abandono de la tradición cristiana y su concepto de libertad, responsabilidad moral a cambio de nada, nos desprovee de valencia moral a la hora de crear estructuras sociales. Un ejemplo de ello es la crisis en la familia, parasitada por toda una serie de doctrinas absolutamente desnortadas.

La corrupción de palabras como género y sexo, confundiendo ambas en el mismo significado. La degradación del patriarca hacia un tiránico heteropatriarca. La promoción del concepto general de libertad, desapareciendo un albedrío responsable.

En definitiva es el átomo ionizado o el hombre desnudo.

La túnica de pieles

En el libro de Moisés leemos lo siguiente:

“Y fueron abiertos los ojos de ambos, y supieron que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.”
(Moisés 4:13)

Siempre me llamó la atención en esa instrucción de Satanás a Adán y Eva que se taparan con improvisadas hojas de higuera. Sin elementos elaborados, sino improvisados. Por el contrario “…yo, Dios el Señor, hice túnicas de pieles para Adán y también para su esposa, y los vestí.” (Moisés 4:27), lo que representa una elaboración finalista. Y no solo eso…” y los vestí” lo que supone una instrucción de usar lo elaborado.

La protección de sus ropas
El Señor nos prepara la túnica de pieles

Las túnicas de pieles no sólo son una vestimenta para ocultar la desnudez del cuerpo. Representan la investidura de conocimiento y valores para enfrentar la libertad a la que se lanzaban desde el seguro jardín. Libertad en un mundo hostil y predatorio.

La ingenuidad actual hacia la educación sentimental y moral tiende a considerar esa investidura que deposita el buen Dios, en la experiencia y la edad como innecesarias. Considera cualquier esfuerzo en enseñar al joven como una imposición, el reprender como coartar, lo correcto es una conveniencia, el separar la tierra seca de las aguas una violencia y en fin, apartar la luz de las tinieblas una discriminación hacia los abismos.

La opción a no usar la túnica de pieles que Jehová nos preparó es la de usar cualquier cosa.
Es solo después y no antes del momento de recibir las túnicas cuando Dios afirma:
“Y yo, Dios el Señor, dije a mi Unigénito: He aquí, el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal;” (Moisés 4:28)
Vemos, entonces, que necesitamos instrucción y protección para enfrentar nuestro destino. Sin embargo, esa túnica, que más o menos maltrecha ha acompañado a nuestra cultura a través de milenios, esta siendo desechada. Y lo más curioso es que en su lugar no tenemos el consuelo ni de unas hojas de higuera.
El árbol motivo de la caída fue el del conocimiento. Por su causa el hombre fue enviado en su busca. No diría yo que desterrado sino comisionado. En la actualidad vemos que el hombre se distingue por la sed de conocimiento. Y desde éste, aspira el aroma de la inmortalidad, busca otro árbol. El de la vida.Y en estos polos, vida y conocimiento transcurre gran parte de nuestro pensamiento. Y en el afán de regresar al jardín perfecto, pero por el camino equivocado, han transcurrido generaciones y revoluciones en el siglo IXX y XX. Todas ellas abocadas al desastre pues…
“…Cuando son instruidos [investidos] se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán. Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios.” (2 Nefi 9:28-29)
La vocación redentora de las ideologías y sus doctrinas basadas en el materialismo, intentan “salvar” al hombre de un estado “caído”, entendiéndolo como un estado desgraciado producido por un tercero, que ha sido la pobreza, la tiranía, la ausencia de conocimiento a manos de clases o grupos de poder. Esta salvación ofrecida por algunos, es a costa del sufrimiento de la propia gente que se intenta salvar dice…“Comed, bebed y divertíos; no obstante, temed a Dios, pues él justificará la comisión de unos cuantos pecados; sí, mentid un poco, aprovechaos de alguno por causa de sus palabras, tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal..” (2 Nefi 28:8)
Esta forma de “desnudar”  ahora de la túnica de pieles y encadenar  al hombre ante el mundo y ante la libertad, consigue que este hombre desnudo se tape con “cualquier cosa”.
“¡Ay de los que a  lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que ponen tinieblas por luz, y luz por tinieblas; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (2 Nefi 15:20) Por ejemplo, lo que vemos actualmente como “nuevos valores” que no son sino la extinción de los anteriores y su sustitución por el término libertad, o sentimientos personales, produce estructuras como el matrimonio homosexual.

Las hojas de parra

Y ahora hago un paréntesis en lo que hablamos.

Esté artículo es una revisión del que publiqué en noviembre del 2005 en la primera edición de la revista digital Teáncum. Han pasado quince años (¡) Al revisarlo, ¡me he escandalizado de mis propias palabras! al definirme sobre el matrimonio homosexual, las he percibido como violentas. Y sin embargo sigo pensando lo mismo, pero el hecho de expresarlo me alarma y casi decido eliminar esta parte.

He reflexionado sobre por qué ahora supone un problema para mí decir lo que pensaba antes. Para mi alivio no es por un cambio de sentimientos hacia mis hermanos y hermanas homosexuales. La conclusión a la que he llegado es que estoy inmerso en un ambiente donde el lenguaje ha cambiado el uso y significado de la palabra matrimonio, que es la que realmente me alarma, por lo tanto en apariencia, no estar de acuerdo con esta práctica sugiere una discriminación hacia los practicantes.

 Quizás sea por el respeto que he tenido siempre al lenguaje, que considero a las palabras como un legado de nuestros antepasados. Un patrimonio casi genético que llevamos en nuestro interior. Y es una responsabilidad de legarlas al futuro, por eso su conservación es una labor de todos.

Si hay hechos nuevos o novedosos, mutar el significado original es como cambiar nuestras células sin conocer las consecuencias. Subvertir significados de palabras fundacionales es despreciar el pasado, confundir el presente e ignorar futuro.

Ser leal a la túnica de pieles recibida o investidura del Señor, es realmente arriesgado. El espectro de ideas se ha corrido tanto hacia un extremo que uno queda literalmente fuera de toda decencia ante el mundo, ya  que se confunde la tolerancia con la sumisión.

Una vez desprovista la sociedad de valencias morales se cubre con hojas de parra, es decir “cualquier cosa” y habla de cualquier manera. Traducir esta unión como matrimonio, supone “expropiar por fuerza” al lenguaje, al pensamiento, a la cultura de una valencia moral que ha sido capaz de formar durante miles de años a la familia.

La familia
la familia provee la túnica de pieles

Esta, la familia tradicional (palabra en vías de desprecio) nos ha traído hasta aquí, a través de desastres de todo tipo, guerras, hambre, revoluciones y sin embargo ¿hay agradecimiento hacia la familia? No hay, pero se la felicita cuando deja sus funciones en manos del estado, cuando renuncia a su principio de autoridad por el de libertad (remedio para toda dolencia). Cuando la tolerancia (palabra en alza) es de tal calibre que rompe el marco educativo como si este fuera una amenaza.

Cuando Lehi partió hacia el desierto, se llevó consigo lo imprescindible para crear un nuevo mundo y ¿qué fue?
“Y ocurrió que salió para el desierto; y abandonó su casa, y la tierra de su herencia, y su oro, su plata y sus objetos preciosos, y no llevó nada consigo, salvo a su familia, y provisiones y tiendas, y se dirigió al desierto.” (1 Nefi 2:4)

Esta huida de Lehi, de la seguridad de su herencia en Jerusalén, me recuerda a la salida del jardín de Adán y Eva, Me pregunto: ¿podría un grupo de personas “vestidas” con los valores dominantes hoy día salir al desierto y ser capaces de crear un nuevo mundo, tal como hicieron ellos?

Soportar los cantos de sirenas es difícil sin la túnica de pieles
Ulises

Sinceramente, creo que tendrían que buscar su patria espiritual. Así como Ulises buscaba Itaca. Afrontando peligros y demonios, luchando por su vida en el borde del mundo. Buscando y viviendo esos valores que hicieron a sus padres llegar hasta aquí. Reconociendo que esta nueva moral es sólo un artificio, un lujo de niños consentidos. Posible gracias al bienestar material, bienestar que puede perderse.

La idea de que la sociedad y su riqueza, tal como la vemos es algo tan natural como un bosque o una playa, es falsa e ingenua y  da como consecuencia la falta del sentido de peligro. Ahora se enseña que la felicidad o el bienestar son derechos. Eso es engañar a nuestros hijos y enviarlos a andar desnudos.
Nadie enseña que surgen de la responsabilidad y de la actitud moral de la persona. Eso sí lo enseña el evangelio.

Los átomos de mi juventud

 

Los átomos en mi juventud sabían asociarse, compartían valores. Por ejemplo dos de Hidrógeno se unen a uno de Oxigeno y compartiendo su único electrón, forman el agua. Para comportarse como un líquido, necesitan asociarse en grupos de 3 a 9 moléculas. Yo podía verlos como una familia que comparte valores. No sé si tardaron mucho en darse cuenta de la necesidad de hacerlo así, ya que ” los Dioses vigilaron aquellas cosas que habían ordenado hasta que obedecieron.” Abraham 4:18)

Lo cierto es que su “moral” electrónica les faculta para este milagro. La variedad de estructuras que vemos en la naturaleza, muestra que hay un margen de libertad y por lo tanto de posibilidades en el camino y también vemos una obediencia a los principios enseñados en la creación. Esta obediencia (palabra olvidada) ha causado la maravilla que nos rodea.

La naturaleza esta “investida” de conocimiento y su lenguaje es veraz, produce vida en abundancia. Se perpetua en el tiempo. La tierra, tiene su árbol del conocimiento que le ha llevado al de la vida por el camino correcto por eso Enoc al ver la maldad en la Tierra “…lloró otra vez y clamó al Señor, diciendo: ¿Cuándo descansará la tierra?” ( Moisés 7:58)

Jehova, al hacernos la túnica de pieles, demostró conocimiento de nuestras necesidades y un afecto genuino, como el de una madre que viste a su hijo para ir al colegio. La investidura de su conocimiento, recoge la forma de nuestro cuerpo, de lo que somos. Las hojas de higuera que nos ofrecen denotan prisas, imprecisión. Una solución transitoria frente a lo elaborado y perdurable.

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