El velo en el plan de salvación y los horizontes en el universo

El velo en el plan

Una cualidad de la naturaleza y del evangelio es su condición fractal. Una breve explicación nos ayudará a seguir el desarrollo de este artículo. Para más información le remito a la publicación en teancum «La geometría fractal, las escrituras y el evangelio»  de Enero de 2016.

El velo en el plan y los horizontes singulares en el universo
La geometría de la naturaleza es fractal

Un fractal es una figura compuesta de partes más pequeñas y que son parecidas o iguales a la original y que se repiten a diferentes escalas. El ejemplo más conocido es el brócoli porque se ramifica cada vez en trozos más pequeños y todos ellos son semejantes al conjunto principal.
Si toman una brócoli y la cortan, verán que las partes más pequeñas, guardan las formas y proporción del conjunto.
La geometría de la naturaleza es fractal ya que sus objetos son rugosos, complejos y caóticos. Pero guardan un orden y proporción a escalas grandes y pequeñas. En el caso del brócoli, se expande en el espacio con una razón de 2,66. Igual ocurre con las costas, los ríos, los árboles etc.

La iglesia de Jesucristo también guarda esta geometría. La razón fractal de su expansión está en las llaves entregadas en Kirtland. A cualquier escala de su conjunto encontraremos el recogimiento de Israel (llaves entregadas por Moisés), el perfeccionamiento de los santos (convenio sempiterno de Abraham donde serían bendecidas todas las familias de la tierra) y la redención de los muertos (entregadas por Elias el profeta).
Encontraremos esa estructura de «brócoli» en cualquier dimensión, en una familia, una estaca o en la totalidad. Esa razón fractal,  reproduce en cualquier dimensión de la iglesia la estructura completa del evangelio sin esfuerzo alguno. En el templo podemos ver esas tres dimensiones

Cristo la razón fractal

los horizontes singulares en el universo
¿Por qué ofreces sacrificios al Señor?

De la misma forma, la casa de Israel, en cuyo interior esta circunscrita la iglesia, tiene como razón fractal al Cordero de Israel, que es Jesucristo. Todas las ordenanzas desde Adán hasta los templos de Jesucristo actuales tienen en su diseño imágenes fractales del Salvador. Adán necesitó entender ese principio para comprender la magnitud del evangelio.

Cuando el ángel le preguntó «¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó.» (Moisés 5:6) Adán no había cortado la «brócoli» todavía. Sólo veía los árboles pero no el bosque, no entendía la relación entre la forma de la ordenanza y su ejecución a través del espacio y el tiempo con su núcleo de conocimiento. «Entonces el ángel le habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad.» (7)
También con el Redentor se repite ésta forma, pues él necesita otro ángel para enfrentarse a la inesperada dimensión de lo que se enseñó a Adán.

Al señalar la semejanza de la envoltura del fruto, que es la ordenanza, con Cristo está mostrando al Unigénito como la razón fractal del plan de salvación del Padre. Desde entonces, encontraremos a Cristo en cada espacio y tiempo del plan de salvación hasta la restauración del evangelio. Por eso él se presenta así «Soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin.» (DyC 84:120) y en esa afirmación entendemos que él no solo está en el inicio de la serie y en su final, sino en todas sus permutaciones, en todas las palabras, en toda combinación. El es el fractal del plan para la humanidad.

Las enseñanzas del Salvador

El velo en el plan de salvación

El Salvador usa en sus enseñanzas la semejanza del orden natural con el celestial. Así como el ángel enseña a Adán, en la ordenanza sobre el altar de piedra, el orden de los cielos y sus estrellas. Existe una razón fractal entre una semilla de mostaza y la fe, de modo que si analizas una, te llevará a la otra sin cambiar la verdad ni su forma. Por eso el reino de los cielos es semejante «al hombre que sembró buena semilla en su campo.» (Mat 13:24) a un «un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.» (Mat. 18:23) o también a «un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña» (Mat 20:1)

El evangelio y las escrituras prueban así su pertenencia a la creación, ya que comparte la misma geometría que describe a las montañas, los cielos mares y criaturas de este mundo. Por eso él, hablando de su iglesia, dice: «no obstante las tribulaciones que os sobrevengan, la iglesia se sostenga independiente de todas las otras criaturas bajo el mundo celestial;» (DyC 78:14), esa independencia de otras criaturas no la excluye del resto del ecosistema.

La correspondencia entre escalas

El velo en el plan de salvación
todas las cosas indican que hay un Dios

El profeta Alma, enseña también esa correspondencia en las escalas, o lo fractal «…todas las cosas indican que hay un Dios, sí, aun la tierra y todo cuanto hay sobre ella, sí, y su movimiento, sí, y también todos los planetas que se mueven en su orden regular testifican que hay un Creador Supremo.» (Alma 30:44). Y aquí hemos de hacer una observación. Alma emplea toda la cosmología disponible de su tiempo y la usa para mostrar las huellas del creador del Universo ante Korihor. Y esos conocimientos posiblemente no fueran de origen religioso, dada la tradición de estos pueblos en la observación del cielo. Él no tenía más, a diferencia de nosotros,  para seguir elaborando la secuencia del conocimiento que comenzó en Adán. Como Adán hemos de considerar al Universo el altar de la creación, y preguntarnos qué significan sus revoluciones.

No podemos escindir de la cosmología del evangelio, de los avances en la cosmología moderna. Alma no lo hizo. No digo abrir la puerta a todo y aceptarlo sin más. Pero con prudencia y sentido común hemos de adiestrarnos en componer una Ilíada, un sustrato cultural como santos que vaya macerando una actitud inquisitiva, valiente y de fe, sin aspiraciones a sentar doctrina. Pero que vaya componiendo un mosaico donde las futuras generaciones puedan asentar su pie, sin sentir que son excluidas de la ciudad de su siglo.

Es uno de los objetivos de teancum. Entre otras tareas, recibir la herencia de la ciencia de nuestro tiempo a través de la luz de Cristo. O como diría Nefi  heredar «la ciencia de los judíos» o el evangelio desde nuestros antepasados,  pero también «el idioma de los egipcios» o el entorno de conocimiento donde la iglesia prospera.
Es una larga introducción para lo que nos trae hasta aquí, pero es necesaria.

La incertidumbre junto al  velo

La incertidumbre junto al  velo
de donde ningún viajero puede volver

En el tabernáculo y en el templo, la presencia de Jehová estaba velada. Pero no se usaba la sustancia densa de la piedra en un muro, sino la de un tejido, el velo. Las oraciones, el incienso atravesaban el velo, pero nada salía del otro lado. No se podía atravesar, pero si retirar una de sus esquinas. Ni siquiera hay constancia de mensaje alguno cuando en la ocasión el sumo sacerdote accedía al lugar santísimo. La presencia de la divinidad está velada en condiciones normales. Al situarnos junto a ese velo, notamos la incertidumbre de nuestros sentidos al no poder ver ni palpar. Convivir con esa incertidumbre es el germen de la fe, ya que ésta nace en una clase especial de vacío.

No obedece a las evidencias pesadas de lo palpable, sino a la creación espontánea en lo que no se ve.

«¿Te han sido descubiertas las puertas de la muerte, y has visto las puertas de la sombra de muerte?» (Job 38:17)
El mayor velo para todos nosotros es el de la muerte, «de donde ningún viajero puede volver» (2 Nefi 1:14). La muerte es un hecho global que solo vemos cuando ocurre localmente, después su horizonte desaparece de nuestra vida. Sin embargo sabemos que está ahí y que modifica nuestra existencia en todo aspecto. Su gravitación nos obliga a girar de forma constante en la órbita de la supervivencia.

Una parte de la túnica

No obstante, como parte de la túnica de pieles, tenemos incorporada la creencia en Dios y la percibimos desde el mismo momento en que supimos de nuestra mortalidad. Esa voz susurrante «del Señor que [nos habla] en dirección del Jardín de Edén» (Moisés 5:4)  es un vector de fuerza en la dirección de nuestra órbita en la historia. Muchos piensan que esa creencia es una respuesta del hombre frente la incertidumbre del velo de la muerte. Sin embargo es tan antigua como nosotros, es una abstracción genuina, tan avanzada como la capacidad matemática, porque trasciende igual que ésta lo necesario en la supervivencia.

La fe no es una construcción, es una propiedad de la vida inteligente en su órbita de caída hacia el velo.

El velo en el universo

El velo en el plan de salvación
agujero negro supermasivo ubicado en el centro de la galaxia M87

Como santos de los últimos días estamos familiarizados con el velo en el plan de salvación. Él oculta a nuestra mente la vida antes de nacer. Sin embargo el velo se extiende mucho más allá porque también es una propiedad del Universo, éste tiene su prueba.

Por muy lejos que miremos a través de potentes telescopios, no podemos ver el  origen del universo. Tiene un velo que oculta su desnudez. Como toda singularidad, él también está vestido. Al igual, el conocimiento del plan está vestido en las ordenanzas, Adán no pudo acceder a él sino por revelación. De la misma forma, Adán necesitó vestirse y ocultar su naturaleza con el pudor, ese don de la sabiduría. El poder de procreación, a semejanza de un cosmos fructífero, se cubre con ese velo pudoroso. No es sino en la ordenanza del sempiterno convenio, donde se desvela toda su amplitud y no sólo un aspecto de éste.

También un velo en el espacio.
Los agujeros negros y la materia oscura suponen uno de los mayores enigmas de la ciencia, es decir para todos nosotros. No es un asunto para científicos sino para personas. Al igual que lo es también la semilla de mostaza, la cizaña, el trigo o un estatero en la boca de un pez. Un agujero negro es una perforación en el espacio. Se produce cuando un cuerpo muy pesado, como una estrella de más de 3,5 masas solares llega al final de su ciclo. Al morir, colapsa sobre sí misma, hacia su centro. Es tanta la masa o el peso en ese punto que perfora el espacio.
Todo lo que cae en su interior, desaparece y va haciendo un agujero mayor. Al igual que el velo del tabernáculo, su horizonte es el velo del espacio, nada sale de él, ni siquiera la luz, no vemos qué hay después.

Los nuevos reinos

Los nuevos reinos
la muerte es la grieta hacia donde se dirige la conciencia

En toda galaxia hay un agujero negro masivo en su centro. La influencia de éste configura la forma y comportamiento de la totalidad de la galaxia. De modo que lo que no se ve, lo que está tras el velo, da forma a lo que se ve. El agujero negro es a la materia lo que la muerte es a la conciencia. Y de la misma forma todo lo que atraviesa su horizonte desaparece de este mundo. Un agujero negro es una perforación en espacio-tiempo, y la muerte es la grieta hacia donde se dirige la conciencia. Al igual que nuestro mundo existe hasta la muerte, el espacio y el tiempo existen hasta el limite de sucesos de un agujero negro. Es la muerte del espacio-tiempo. En ambos casos hay un velo.

Al igual que el universo, nosotros también enfrentamos los mismos horizontes.

La geometría fractal del universo lo alcanza todo. En nuestra franja, son las escrituras quienes nos dan testimonio del Señor de los reinos ya que, «el hombre que ha visto a cualquiera o al menor de ellos, ha visto a Dios obrando en su majestad y poder» (DyC 88:47). En todos  esos nuevos reinos que descubrimos a través de la ciencia, podemos ver a Dios obrando en su majestad y poder. Renunciar a su «colonización cultural» por los modernos pioneros de la restauración sería desatender nuestra naturaleza divina de exploradores de sus reinos.

Al leer «cualquiera o el menor de ellos» nos da una indicación de a cualquier escala, en cualquier dimensión fractal que miremos. Por lo tanto llegado el tiempo de la sazón, «…la luz del semblante de su señor» (56) es para todo reino incluso para aquellos que creemos inertes. En esos nuevos reinos que ponen a prueba nuestra razón, es donde más visiblemente encontramos las huellas remotas de la divinidad. Cuando señalaban la materia inerte como primera tarea.

El velo en el plan

El velo del plan
El reino del Padre es un oasis en medio de un universo

No conocemos las leyes que rigen el inicio del Universo, ya que pertenecen a una singularidad. Una singularidad, es un estado de la materia en el que no tienen aplicación las leyes de la física que conocemos. Por eso tampoco podemos saber exactamente su destino. Podemos teorizar pero no afirmar con seguridad.
Por lo tanto si el Universo estuviese dotado de conciencia podría hacerse las mismas preguntas que nosotros acerca de su origen y destino. Tendría nuestra misma incertidumbre. Si vamos a una escala menor, a nivel cuántico, también lo encontramos con el principio de incertidumbre de Heisenberg. Cuando queremos establecer la velocidad y posición de una partícula, que es su plan de probación, tenemos que escoger entre saber una cosa u otra no ambas.

El reino del Padre es un oasis en medio de un universo completamente impersonal, es una perla de gran precio en un campo solitario. Para apreciar esta perspectiva hemos de encontrar la corriente de altura de la restauración. Usarla hasta donde nos lleve,  aunque a veces nos produzcan temor.

En esas incertidumbres ante el velo universal leemos «para todos los que invoquen mi nombre, y me adoren…se preparen para la revelación que ha de venir, cuando el velo que cubre mi templo, en mi tabernáculo, el cual esconde la tierra, será quitado, y toda carne me verá juntamente» (DyC 101:23)

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