Nuestra identidad en Cristo, la roca de donde fuimos cortados

¿Qué es encontrar nuestra identidad en Cristo?
Cuando eran joven, viví una ola de interés general por las filosofías orientales. Incluso en el cine, series como Kung Fu, reunían a la familia frente a la televisión. Recuerdo prestar gran atención a las enseñanzas del maestro Po a su alumno Kwai Chang Caine o pequeño saltamontes.
Más adelante leía con pasión el Bhagavad-gīta libro del hinduismo y reflexionaba en el Tao Te King (créanme, una maravilla). Con 14 años comencé a estudiar yoga y lo practiqué en su disciplina Hatha Yoga. En aquel tiempo era una práctica pura y profundamente espiritual, a diferencia de las versiones occidentales que conozco. Fui alumno en el Instituto de Yoga GFU en la calle Trajano de Sevilla desde los 14 a los 19 y conjugue esta disciplina con el evangelio. Cuando cumplí 19, lo dejé todo y salí a la misión.

Hatha Sol y Luna

Para volver a esos años de disciplina, haría falta una gran resolución de mi parte. Mi practica trataba de unir el Sol y la Luna, la mente y el cuerpo para conseguir el equilibrio. En el trabajo diario de meditación (dhyāna) tratábamos de silenciar el diálogo interno, conseguir un silencio interior completo. Requiere constancia. Solo así llegaríamos a conocer nuestra auténtica naturaleza.
Nuestra identidad en CristoHoy, todo está enfocado al beneficio que aporta, la diferencia es sutil pero determinante.
Estimado lector, seguimos en teancum, pero es necesaria la comparación entre la visión de otras culturas y la restauración para entender la magnitud y forma del evangelio.

Con el paso del tiempo, que es una enzima para metabolizar los recuerdos, me dí cuenta de algo. El yoga  y su filosofía adscrita, me encaminaban a la contemplación del Atman, del verdadero yo. En el evangelio, podemos comparar al Atman con la inteligencia primera, antes de ser hijos de Dios.
Mi trabajo se enfocaba a percibir esa entidad, la naturaleza elemental del alma. Digamos que la condición del mármol antes de llegar a las manos de Miguel Ángel o la nuestra antes de ser hijos de Elohim. Ese conocimiento sin palabras era enriquecedor pero parcial, no generaba un plan de comprensión del mundo.  Tampoco lo intentaba.

Cuando preguntaba a Ramón Rueda (mi maestro Po) sobre el futuro del alma, la vida después de la muerte, las respuestas eran difusas. Me hablaba de llegar al Shamadi,  estados energéticos y niveles de conciencia. Era una espiritualidad sin Dios, una vez acabada la vida, todo era vaporoso, inconcreto. La pulcritud y la técnica primorosa de la práctica diaria se sumía, al extenderme a esas cuestiones, en un relato escurridizo. Al menos para una mente occidental como la mía que trataba de adquirir un sentido más real a la existencia.

Otras filosofías

Siddhartha

No pretendo subestimar otras ideas religiosas. Simplemente narro el efecto que causaron en mí y en la búsqueda de mi identidad. Bien podría ser la historia de otra persona o sólo la mía.
El budismo representó para mí la extinción del yo, su disolución. No lo considero una religión, más bien una técnica y una forma de entender la vida.
Sus divinidades son concepciones abstractas, muy parecidas a los dioses atómicos y energéticos de la mitología tecno de hoy. Puedes ser ateo y budista. En el budismo, el apego a nuestra identidad es el samsara, una ilusión y la reencarnación es la manera en que el alma se purifica y asciende o desciende en la escala de la vida.

Aun hoy, siento un gran respeto por estas creencias, reconocimiento y admiración. Considero a sus practicantes sinceros, personas sabias  y de grandes logros. Sin embargo, el beneficio de tales sistemas se reduce por lo general a sus practicantes. A diferencia del cristianismo, no hay un trasvase claro hacia la sociedad, al derecho o la ciencia.
Por lo tanto, aunque tengo afecto, yo estoy bajo otro árbol.

En mi juventud, desde los 14 años a los 19, tuve algunas crisis de fe. El yoga me proporcionaba logros efectivos en su disciplina, aquí en la tierra. En clase, la teoría de la evolución, golpeaba severamente mis creencias en el evangelio. A veces me sentía indefenso y carecía de argumentos.
En aquel tiempo yo no era consciente del trabajo callado del espíritu. Si alguien me hubiera preguntado porque era miembro de la iglesia, yo le habría dado mi testimonio. Pero en mi interior sabía que a menudo mantenía mi actividad en la iglesia, principalmente porque sí. Esa determinación casi ciega, me dio tiempo a saber algunas cosas y a creer en muchas.

Nuestra identidad en Cristo

Nuestra identidad en Cristo
Es una práctica

Al principio de mi condición de santo de los últimos días, no era consciente ni del 90% que la restauración me ofrecía. No piensen que yo era vago en mi estudio. La cuestión es que nuestra identidad en Cristo, la que nos proporciona el evangelio no es tanto un conocimiento como una práctica.

A veces nos contentamos con las respuesta ¿Quién soy? ¿De dónde vengo?¿ A dónde iré después de esta vida? y las tenemos, el evangelio está lleno. Nos tranquilizan un tiempo, pero la senda estrecha de su doctrina, no es dotarnos de un compendio intelectual de respuestas, sino de un cambio de naturaleza.
Para la pregunta ¿Quién soy yo? hay muchas respuestas, una mente, una chispa del Atman universal, una especie evolucionada, un ciudadano (Confucio lo desarrolla en su filosofía) un consumidor…
El evangelio nos dice que somos hijos de Dios. Pero trabaja de forma distinta y única con la cuestión. Da un salto sobre nuestra naturaleza y va a la situación.

Por tanto, después que fue bautizado con agua, el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. Y además, esto muestra a los hijos de los hombres la angostura de la senda, y la estrechez de la puerta por la cual ellos deben entrar, habiéndoles él puesto el ejemplo por delante. (2 Nefi 31:8-9)

La condición presente

Esta forma de hablar es insuperable. Es como el fruto del árbol, está a la altura de cualquier brazo. No es para una élite de iniciados. Aunque no atrae por su misterio, lo tiene.
Nefi no habla de alcanzar estados elevados de conciencia, sino de una senda y una puerta. Trabaja en la condición presente del alma, no retrocede a su origen ni intenta llegar a su sustancia. Muestra urgencia en seguir con la talla iniciada por el creador en nosotros. Se esfuerza mucho en matizar cuando dice angostura y estrechez. Palabras mal vistas en nuestro siglo.
El evangelio no alienta a los desvíos. Su doctrina es transformadora y la vida es justo el tiempo para realizarla. En la senda junto a la barra, no se encuentra la ociosidad que se ve en el edificio.

La puerta estrecha.

Nuestra identidad en Cristo
Rembrandt, el hijo pródigo

Nefi continua hablando de la práctica del iniciado en el discipulado.

Y dijo a los hijos de los hombres: Seguidme. Por tanto, mis amados hermanos, ¿podemos seguir a Jesús, a menos que estemos dispuestos a guardar los mandamientos del Padre? Y el Padre dijo: Arrepentíos, arrepentíos y sed bautizados en el nombre de mi Amado Hijo.» (2 Nefi 31:10-11)

La voz del Padre, escoge de entre todos los misterios, el arrepentimiento y el bautismo en el nombre de su Hijo. Esa sencillez nos hace deambular por parajes extraños buscando doctrinas nuevas y profundas. Sin embargo, el acto de examinar nuestra alma, analizando nuestros hechos, supone meditar en quiénes somos. Es un sano desdoblamiento que nos sitúa fuera, en segunda persona, enfrentados a un juicio sincero. Sin tener que defender nuestro ego, se hace fácil detectar nuestra forma auténtica. El evangelio trabaja en el comportamiento y en esa tarea comprendemos nuestro estado.

La disciplina del arrepentimiento requiere práctica, método y disposición. Sin embargo a menudo pensamos que es un asunto exclusivo de los sentimientos. Que estos dirigen su acción. Ciertamente los sentimientos aderezan y realzan la labor, el corazón se requiere en todo. Pero sin el andamiaje previo de la disciplina a veces todo se escapa en buenos deseos.

El nombre que sustenta

Recientemente me llamó la atención un comentario de mi amigo Carlos Barahona. Venía a realzar el poder sustentador  que tiene el nombre de Jesucristo.

Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás. (Moisés 5:8)

Hacer, arrepentirnos, invocar, todo en su nombre es emular su forma en el polvo del que estamos hechos. Es permitir a Miguel Ángel que nos cincele y nos de la forma de su genio. Adquirir nuestra identidad en Cristo, es superar la del simple mármol del que fuimos extraídos.

Nuestra condición vs constitución

Mi mano pongo sobre mi boca

En el evangelio no se incide en de qué estamos hechos sino en cómo y dónde estamos. También en el Génesis nos sitúa más en cómo comportarse en el mundo que en cómo fue hecho. En el libro de Job, aun cuando Job conocía el Génesis, Jehová le pregunta por la creación.

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes entendimiento. ¿Quién dispuso sus medidas, si lo sabes? (Job 38:4)

Job fue bendecido con las riquezas y dominio del mundo, pero no en su comprensión. Él y nosotros estamos más capacitados en administrar el mundo que en comprenderlo. Más dotados en cómo vivir que en saber por qué. Su respuesta es sincera.

He aquí que yo soy insignificante; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca (Job 40:4)

Por lo tanto el detalle de nuestra naturaleza, así como la del mundo es menos urgente para nuestra vida que nuestra condición y estado presente. No digo que estamos exentos de su estudio e investigación, nada más lejos de nuestra naturaleza.

El terrible monstruo

Nuestra identidad en Cristo
El caballero, la muerte y el diablo, Alberto Durero

Jacob, hermano de Nefi, describe magistralmente cómo y dónde estamos. Nos revela algo que a veces cuesta una vida comprender. A pesar de contar con poco espacio Nefi no duda en incluir sus palabras.

¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu! (2 Nefi 9:10)

Como si fuese un acelerador de partículas, esta vida nos somete a una colisión permanente con la muerte y el pecado. Podemos adjudicar a estas dos palabras una masa nula, al decir que la muerte es el fin de la vida, luego es nada y el pecado es una convención social luego es nada, pero eso no anulará la gran curvatura que produce en nuestra vida.
Concebir la esperanza en esta vida recibe todo el impacto de los hechos. Por eso muchos andan por la vida sometidos ciertamente a un paisaje oscuro y lúgubre.

Reconocer nuestra condición.

¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón; limpio estoy de mi pecado? (Proverbios 20:9)

El tomar esa cruz, es necesario para ser librado. Subestimar nuestra conducta nos clava aun más a ella.

Los que confían en sus bienes y de sus muchas riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá, en manera alguna, redimir al hermano ni pagar a Dios su rescate (porque la redención de su alma es de tan alto precio y no se hará jamás) (Salmos 49:6-8)

aún menos que el polvo de la tierra

Yo buscaba conocer quién era y para eso quería saber de qué y como estaba hecho. El yoga, una ciencia espiritual trabajaba, como la ciencia secular, en esa pregunta. Pero el evangelio me centraba en la urgencia de mi condición en el mundo, así como a Job.
El rey Benjamín, en sus ultimas palabras realiza una hazaña. Lleva a su pueblo a ese conocimiento

Y se habían visto a sí mismos en su propio estado carnal, aún menos que el polvo de la tierra. Y todos a una voz clamaron, diciendo: ¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones; porque creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, que creó el cielo y la tierra y todas las cosas; el cual bajará entre los hijos de los hombres! (Mosíah 4:2)

Una brújula

Nuestra identidad, quiénes somos, está resuelta al reconocer en la senda angosta y la puerta estrecha, la salvación de nuestra alma. Al aceptar que existe el pecado, reconocemos que nuestro pasado es inseparable del presente y que el olvido no oculta los hechos.
Aceptar que nuestros errores y transgresiones perviven en el tiempo, comprender que el aleteo pasado de nuestras faltas, crea un «karma» irresoluble nos sitúa en Mosíah 4:2. Frente a Benjamín reconocemos nuestras promesas rotas, nuestras deslealtades, las palabras que nunca debimos pronunciar y que ahora vuelan como aves rapaces ¿Quién podrá atrapar esas alas veloces una vez en vuelo?

¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón; limpio estoy de mi pecado? 
Este atolladero en el que se encontraba el rey David, es el de cada uno de nosotros. El sentimiento de culpa, es la brújula que orienta hacia lo moral y lo justo.
A los que nos gustan las cuestiones profundas, hemos de reconocer que el evangelio atiende a cuestiones de urgencia y no a preguntas elaboradas de camino a una reunión con el rey Benjamín.

Sidón o Ucayalí

Nuestra identidad en Cristo
No hay mejor arcilla en toda la tierra

Mientras nos dirigíamos camino a Zarahemla para escuchar al anciano rey Benjamín, hablaba con mi amigo Elorum. Debatíamos si acaso la arcilla de la que fuimos hechos nosotros, según los anales, no fuese tomada, cerca de donde nací, de las orillas del río Sidón. No hay mejor arcilla en toda la tierra, prueba son las excelentes vasijas y todo recipiente que salen de los talleres de la zona.
Pero Elorum abogaba por el río Ucayalí. Según decía su arcilla roja es insuperable y además, su color es semejante al nuestro (yo diría que al suyo pero me abstuve de comentarlo, no quería empezar una discusión)
Seguimos ese debate y se acaloró al punto de que nos llamaron al silencio pues en nuestro afán de llegar a una conclusión, Benjamín estaba hablando.

¿Podéis decir algo de vosotros mismos? Os respondo: No. No podéis decir que sois aun como el polvo de la tierra; sin embargo, fuisteis creados del polvo de la tierra; mas he aquí, este pertenece a quien os creó. (Mosíah 2:25)

Miré a mi izquierda y le dije ¡¡¡ Elorum, ni como el polvo somos!!!
Lo miré con ojos asombrados, él se encogió de hombros. Me vino a decir:  ni tu río ni el mío.
¿Entonces qué somos? susurré.
Mi mujer Acali, enojada, me habló con sus ojos como ella sabe, diciéndome ¿ya estáis otra vez?
De repente escuche a Benjamín; iba a comunicar las palabras de un ángel. Eso me sacó de los pensamientos errantes que tan a menudo me dominaban.

Y además, te digo que no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente, y por medio de ese nombre. (Mosíah 3:17)

Y entonces lo supe, el alfarero no había terminado de hacernos, por eso no somos como el polvo de la tierra, seguimos en sus manos y el nos da forma si le dejamos. No importa Sidón ni Ucayalí es Jesús.
Me volví a Elorum, tenía que decírselo.
Pero no pude, Elorum derramaba lágrimas sobre su piel rojiza, como la arcilla del Ucayalí.

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